En torno a los cincuenta años, el escritor Leon Tolstoi experimentó una aguda crisis de edad. Lo cuenta magistralmente Stefan Zweig en su “Viaje a Rusia” (Ed.Sequitur), que releo con el deleite moroso de una vuelta a la primera cita adolescente. “Y de repente llega ese empellón desde la tiniebla. Tolstoi siente que ha chocado con algo tremendo”, narra el austriaco. “La vida se detuvo y se volvió fatal”, escribe el ruso.

Esa frase podría titular el tiempo que vivimos, me planteo. La pandemia se hermana de este modo caprichoso a la crisis de edad de un autor formidable cuya tumba desnuda en un bosque -“desprovista de todo aviso y palabra”- es, a juicio de mi escritor favorito (Zweig), la más hermosa del mundo. A ambos magos del verbo les una su interés contumaz por el suicidio como punto y final, tras habitar en la desesperanza. El hastío, también llamado “taedium vitae”.

“Tal vez no viví como debí vivir”, escribe Tolstoi por boca de su Ivan Ilitch…

Uno vive como si tal cosa y de pronto un día activa el botón de la moviola y se plantea qué tuvo sentido y qué no. Para abreviar, al proceso o retortijón emocional lo llaman crisis y eso le quita hierro porque todos, hasta Tolstoi o Zweig, pasamos por ello y nos deja cicatrices más o menos evidentes. Pero mucho peor es no darle al botón, me parece.

Afuera, el Cantábrico. Una playa correosa de difícil acceso que no penaliza la presencia de Bronte ni de algunos desnudos en torno a la edad de la crisis de Tolstoi que muestran los estragos del tiempo con una crudeza demoledora y que sin embargo nos recuerdan que esa es la verdad sin artificios. La Artista antes llamada Minichuki me suplica que volvamos, no quiere resolver el enigma del tiempo con ayuda de un señor en pelotas pasado de kilos y con un botafumeiro poco fotogénico. Se lo cuento a su hermana. “En adelante a esta playa la llamaremos Co-la-land”. Se ríe y vuelve a su concentrado estudio, encogida en la silla de estreno y con jersey porque aquí no ha lugar a los sudores de costa. Las mujeres a nuestro alrededor, por cierto, hoy prefieren cubrirse pudorosamente y cabalgar la orilla con paso firme y pantorrillas apretadas.

Al atardecer trotamos por el pueblo de referencia más cercano -que aquí es la gran ciudad- como venimos haciendo tantos años, y nos asaltan los recuerdos: “Por este espigón paseamos un día de lluvia desesperada”, “en aquel hotel nos quedamos el año en que se puso de moda la canción “La mayonesa”, que te volvía loca cuando tenías cuatro años”; “Aquí decidimos que tendríamos perro y en este banco nos hicimos una foto para celebrarlo”…”Aquí comimos unas verdinas espectaculares”… y así.

Uno puede contar la vida enlazando imágenes poderosas. Y sin embargo lo esencial seguramente dormita bajo la letra pequeña y te obliga a encoger la vista y achinar el sentido. El Cantábrico no huele, pero la fragancia de los helechos pasados por el rocío de la noche se han grabado para siempre en la memoria. La plenitud consciente del aquí y el ahora sin la distracción de la vorágine de estos meses confinados deja un sabor a sal en el paladar que es puro verano, aunque sea el verano más extraño de nuestras existencias.

“La vida se detuvo y se volvió fatal”. China vuelve a sentir el latido estruendoso del virus marabunta. Los comedores sociales de la gran ciudad van cerrando por descanso pero el hambre no entiende de temporadas. Boris el british zar ha condenado un poco más a nuestro asfixiado sector turístico. La tormenta perfecta se está formando no tan lejos de aquí, y sin embargo se impone salvaje la necesidad de festejar el momento aunque sea bajo la mascarilla. Aunque sea bajo esa tormenta de titulares devastadores y monocromáticos. Aferrada a la compañía de mis hijas, de mi perro y de los libros. Del paseo mañanero que termina en un chapuzón tan gélido que casi escupes el corazón y es una foto más de ese álbum mental que nos ayudará a resistir el invierno sin “taedium vitae” ni más fatalidad que la que nos traigan el azar vírico o las tormentas.