A menudo pierdo el móvil, las multas de tráfico y el Libro de Familia. Una vez -y puedo aportar documentos- perdí un coche y tres años más tarde ha aparecido en el depósito de la grúa de Alcorcón, un sitio al que en cierta ocasión fui a una boda y me alojé en una especie de motel de carretera canalla e inspirador de bajas pasiones.
Me repito, pero en esa absurda teoría mía que asegura que somos lo que perdemos me temo que salgo mal parada. Perder el móvil es habitual, sí, pero que suceda en tu propia casa, y dentro de esta en el interior de un sofá, empieza a tener cierta relevancia. Respecto a las multas, poco que añadir. Rebeldía contra el aparcamiento cutre que la alcaldesa me obliga a pagar. Lo del Libro de Familia tiene que ver con el desarraigo, con ese impulso a abandonar toda responsabilidad para con las Chukis y huír a Egipto, un suponer.
Tengo mis zulos, desde luego. Esos rincones donde suelo abandonar las cosas importantes a la espera de reencontrarlas cuando, tras un sobresalto rayando el pánico, algo se ilumine en los reovecos de la memoria. Lo peor es que cuando oculto allí mis tesoros soy consciente de que lo olvidaré y comenzará la ginkana frenética por toda la casa, pero el reto me excita y en última instancia compro a las Chukis al grito de: “dos euros a quien encuentre las llaves del coche”.
Otra de mis especialidades, que con el tiempo y conversaciones de madrugada he descubierto que es casi vulgar, es extraviar las radiografías, mamografías y todo lo que termina en esas dos sílabas. En estos casos llego al límite, al paroxismo, y las busco pocas horas antes de comparecer ante el médico. Esa mañana suelo salir vestida hecha una mamarracha porque he pillado del armario lo primero que había, según esa regla de la probabilidad improbable que hace que el vaquero lleve una mancha que no habías visto y la camisa sea demasiado calurosa para un junio estándar.
Caos. Cuando tu existencia no es muy excitante, no tienes grandes ahorros en Bankia y la salud no es motivo de preocupación, parece que te buscas el subidón de adrenalina con emociones fuertes como desparramar por el suelo el contenido de un cajón. Miserable, sí, pero tan seguro como que hoy es miércoles y la noche ha sido inquieta y vigilante.
Lo dejo ya, debo buscar los papeles de Hacienda y el estracto de la tarjeta de crédito. Puede que a estas horas mi descubierto esté inundando el salón donde escribo y no escucho tocar a la banda del Titanic.
Tengan ustedes un día de calma con pequeños sustos inofensivos. Esos que te recuerdan que estás vivo.