A veces la inteligencia es resistir. No sé dónde lo leí pero me pareció adecuado.
Resistencia o estupidez. Resistencia o muerte. Se trataría de morderse la lengua al ir a escupir, por ejemplo (pruébenlo, es imposible simultanearlo). Callarse un rato en lugar de rellenar el aire con una disertación vaga, decir que no a un plan que sólo (con tilde, ejercicio de resistencia a la dictadura de la RAE) nos dejará el sabor resaca de la decepción.
Ayer una de urgencias. Hospital. El enfermero es gentil y aseado, una montaña de huesos bajo la bata blanca inmaculada, enjuto, lacio de pelo y largo de extremidades. Tiende un tubo a I. y le indica el cuarto de baño. Mi niña obedece sin rechistar. Sin resistencia. Hay lugares que anulan toda nuestra capacidad de rebeldía. Que te vuelven sumiso. Una de 18 vuelve a los cuatro años. Una madre, a la tardoadolescencia.
Y sin embargo ese hombre retranqueado sobre sí mismo era dulce. Y mi niña tardaba. Y yo me encogía de hombros como una centinela infatigable y fiel frente a la puerta. Noche en blanco, la previa, que te deja sin tono muscular, a merced de impulsos mecánicos para ejecutar acciones básicas: Vigilar la puerta del baño. Tu amor dentro.
-Mamá, hoy has batido un record. Me has llamado ¡ocho veces!
-¿Ah, sí? No las he contado.
La niña se resiste a ser más niña. Me dice que se ha apuntado a una agencia para irse de au pair este verano y practicar con niños. ¿Qué agencia? Una. Déjame hacer cosas por mí misma. Y que una familia se ha puesto en contacto con ella. ¿Qué familia? Una con dos hijos, ya te enseñaré. A una hora de Londres. Me informa de que ha especificado que los niños no tengan más de nueve años y que estará de junio a septiembre. ¿No habrá vacaciones juntas? Un pellizco por dentro. Ley de vida.
Vigilo la puerta del baño de urgencias. El enfermero huesudo me sonríe levemente cómplice. No huele a alcohol, ese olor funesto. Huele a desinfectante de pasillos. Una rebeldía inteligente sería escaparme con mi hija al Parque de Atracciones. Por ejemplo. Ella sólo quiere estar bien para hacer sus exámenes. Tan seria y responsable.
En la sala de espera hay corrientes de aire (así si estás enfermo te rematan). “Ponte el abrigo”, le ordeno con poca convicción. Me mira con cara de qué tripa se le ha roto. Me abrigo yo, dado que ella se resiste. Apoyo mi cabeza en su hombro unos segundos, abrazándola. Las dos trajinamos con nuestros móviles, ese relleno automático de los tiempos. Por suerte no entran accidentados, es una mañana tranquila y despejada de dramas aparentes. Una voz enlatada dice su nombre por megafonía.
-¿Entras conmigo?
-Pues claro, hija.
Y dentro, con el médico, ya no hablas tú. Escuchas a tu hija explicarse. Síntomas, dolores, pinchazos. Utiliza las manos -por aquí, por allá- Y el doctor asiente, ojos azules tristes bajo una gafas desmontables que se pone y se quita, como un tic. Justo de palabras, habla para sus adentros. Después el diagnóstico, me mira mí pero le tiende las recetas a ella, tras un segundo de vacilación. Mi niña no es mi niña, es una mujer joven que quiere decidir y aún cuenta conmigo, pero cada vez menos. Y es una buena cosa. Y aprovecho la vuelta a casa para acariciarla mucho, como entonces. ¿Quieres desayunar?, le propongo. Cola-cao con cruasán, más antibiótico. Y la llamo ocho veces a lo largo del día, tontamente, para curarme yo.
La resistencia del vencido.
P.D. I. está bien, no preocuparse lectores de mi familia y allegados.