¿La primera vez debería ser desdramatizada, deshauciada, liberada de toda carga de responsabilidad, incluso del recuerdo?. Sobre todo del recuerdo.

Dejarla en una casa de empeños envuelta en un trapo -así lo proponía una mala novela que tuvo su éxito- y esperar a que vuelvan tiempos mejores para recuperarla. Ella, la novela, se refería al corazón. No recuerdo exactamente la trama. Sí que discurría entre canales venecianos y era tópica hasta la naúsea.

La primera mala novela deberías poder borrarla para siempre. Afortunadamente, no retengo el título.

Lo peor es que tampoco recuerdo el de la primera gran lectura. El fogonazo, el asombro. La he eliminado sin trapo ni envoltorio adecuado, y si ahora quisiera recuperarla, siquiera un instante, no podría. Iría por las librerías de Madrid describiendo los síntomas  que me provocó su lectura, y el asombrado librero tal vez me seguiría la corriente. Los libreros, es bien sabido, suelen tener mucho tiempo libre y una antena hipertrófica para la caza de historias.

-Verá. Lo que leí me tuvo hasta las tres de la mañana sin pestañear. Llovía y el viento abrió de golpe la ventana de mi cuarto. Pegué un respingo cuando el personaje protagonista también lo hacía. Debía elegir: Me quedaba con él y dejaba que el  agua empapara el parquet o lo abandonaba a su suerte y corría a cerrar la ventana. 

El librero no dice ni mu. Mira a la mujer, piensa que si le dice lo que está escrito en el guión -“Señorita, ¿de verdad cree que voy a poder ayudarla? Hágaselo mirar”-, ella se quedará atrapada en un bucle sin salida. Que podría llegar a esperar una noche de tormenta para reproducir los elementos. Algo así como en “Regreso al pasado”. Que, si se pone violenta, lo mismo le da por romper el orden escrupuloso de las estanterías y colocar a Cortázar, pongamos, en el lugar de Joseph Conrad. Y sería un desatino imperdonable.  Así que decide ayudarla/ayudarme.

-¿Y dice usted que llovía o chispeaba con mucho viento? En Madrid, ya sabe, las tormentas son caprichosas y no atienden a las sugerencias de las cabañuelas de agosto.

La primera cabañuela que creo haber leído se llamaba “El calendario zaragozano”. Llevaba un subtítulo tan grandilocuente que no lo he olvidado: «Juicio Universal meteorológico con los pronósticos del tiempo, santoral completo y ferias y mercados de España». Se lo recito de un tirón al librero, que de repente parece sentirse aliviado.

-Sí, se edita desde el año 1840 y su autor es un tal Mariano Castillo y Ocsiero, el «Copérnico español». ¿Quiere que le busque un ejemplar, señorita?
-No, es un recuerdo absurdo, prescindible. Póngame un “Drácula” de Bran Stoker y… ¡”Pandora y la Caja de los vientos”!.

Y  entonces lo recuerdas. Tenías ¿9 años? y el librito, de lectura obligada, terminaba con la despedida de Pandora a los niños y esta frase: “Pero aquella noche, quien más lloró fue Pandora”.

Bueno, Pandora y tú. Y afuera, la tormenta.

Definitivamente, ya es hora de cerrar la ventana.