“Para mí tú eres la puerta al paraíso. Por ti renunciaría a la fama, la creatividad, a todo. Fidelina, Fidelina: te extraño intensa y aterradoramente. Tiemblo como si las hormigas corrieran de mi espinazo a mi cabeza. Cuando por fin llegues en tu diligencia me pegaré a ti de modo que en una semana serás incapaz de arrancarme de tu pequeño re bemol mayor, y al diablo con la  inspiración y las ideas. Dejemos que mi composición se pierda para siempre en la oscuridad”. (Carta de Frederic Chopin a Delphine Potocka)

Siempre me ha asombrado la fuerza de la pasión que transpiran estas líneas de la correspondencia amorosa entre Chopin y Delphine. Y siempre pienso si ese torrente sería correspondido. Raras veces una pasión encuentra su reflejo exacto en el otro. “Te extraño intensa y aterradoramente”.

Chopin al piano desgrana un Nocturno que es un arrebato, y Fidelia y el pequeño re bemol que es su sexo, la tecla regra entre dos blancas (aprendan los discípulos de esa vulgaridad las sombras de Grey, la decepción de lo explícito, el calentón sin poesía) recibe las cartas encendidas en las que el compositor le explica que debe elegir entre creatividad o entrega amorosa. Y lanza al aire la partitura y sale, blandiendo con fuerza su capa como espada, a recibirla una madrugada azul a esa estación, los dedos frenéticos sobre un teclado sin teclas que retumba al ritmo de esa respiración que se agita y corre por el empedrado de una ciudad aún dormida.

Escucho el Nocturno, desde luego, mientras pienso en cierto hombre cercano que acaba de renunciar a un plan largamente acariciado por amor. Su billete de avión, en la basura. Los muebles de su casa, ya cerrada, despojados de sus sábanas. Y él vacía la maleta y va llenando los cajones y su alma se diluye de certezas en la mayor. La vida sin red, el doble salto mortal. La pasión de Chopin y todas las incógnitas galopando en un carromato que trota en el pliegue curvo de una espalda, los dedos tensos y agitados, el motto vivace, molto apasionato.

(¿Y tú qué harías por amor?)

Chopin

Anoche hablé largo de Chopin con R. Y de dónde colocar el arrebato, y de si es lícito e inevitable poner filtros al sentimiento a partir de una edad. De si hay que aceptar las cartas marcadas que te tienden. De esas pequeñas decepciones que, sumadas, componen una sonata de escepticismo. De la pasión domesticada, del futuro sin futuro.

-Tú eres demasiado salvaje, suelta la partitura. Vuela con los dedos e improvisa como has hecho siempre.

Pobre Fidelia, incapaz de corresponder a la vehemencia de un genio. Lánguida, tal vez, objeto de deseo que no desea a la medida y atraviesa los caminos agitada por el traqueteo de las ruedas que son una sinfonía de desazón sin certezas. Que no se entregará, o puede que un poco sí, pero siempre contenida no sea que… Que le marca sus contornos, le avisa con la luz impertinente de un semáforo en ámbar y sabe que no estará a la altura salvo enredada entre esas sábanas que ayer cubrían muebles que se iban de viaje para no regresar. Pero regresan.

Leo a Chopin y decido que es más libre el que se deja llevar por la pasión de siete a nueve que el que la encierra en las corcheas para que no se alborote demasiado. Como una jaula de grillos que de noche no te dejan dormir con su lamento guitarrero. Y amanece lento, y se escucha un piano…

(La cobardía es asunto

de los hombres, no de los amantes.

Los amores cobardes no llegan a amores,

ni a historias, se quedan allí.

Ni el recuerdo los puede salvar,

ni el mejor orador conjugar)

P.D. Ayer perdí el tiempo sin hacer nada y no eché la carta, así que le añado un poco. Acabo de terminar un Preludio.” (Carta de Frederic Chopin a Delphine Potocka)