El creador de Facebook se ha casado y lo acaba de publicar urbi et orbe en su perfil. Los ricos suelen casarse pronto, en este caso a los 28 años. Es como si el tiempo para ellos corriera más deprisa o si los millones de dólares otorgaran inusitada madurez y apego a las instituciones más solemnes.

En España sucede con los futbolistas, aunque también con los gitanos. Los primeros “se recogen” a esa edad en la que el resto de los chicos y chicas siguen pidiendo la paga semanal. Los segundos son un curioso vestigio del pasado, un tributo a su tradición que a los demás nos cuesta comprender, sobre todo cuando vemos a esas novias de 16 años que se dejan meter el pañuelo para probar que son vírgenes.

Pero esas otras, las novias de futbolistas, siempre me han llamado la atención. Suelen estar buenas, todas tienen el pelo largo y las piernas interminables. Todas parecen caminar dos pasos por detrás de sus héroes y la mayoría con mudas, como si parte del contrato del amor incluyera una cláusula de silencio protectora del deportista. Quizás para que no sepamos que es un niño de veintitantos como el resto, pero con doscientas abdominales diarias más a las espaldas.

Hay matices. Sara Carbonero, la novia de Iker Casillas, se gana la vida como periodista así que no calla. Salvo cuando va con él. Y mi favorita, Victoria Beckham, que ha salido del armario para demostrar que detrás de esa pija que se hacía pasar por tonta en las Spice Girls hay una mente diseñada para el business. Y que su mohín de asco no es más que una mueca para avisar al mundo de que la que ríe la última, ríe mejor. Porque hoy, mientras su marido languidece en el mundo del fútbol, las estrellas de Hollywood matan por sus diseños de sirena, no aptos para toda mujer capaz de pellizcarse un centímetro de grasa abdominal.

Victoria Beckham camina junto a David con sombra propia, sin miedo a que otras se lo levanten. Ese temor que reconozco en algunas novias de futbolista, más preocupadas en apariencia por colgarse del hombro de su chico y marcar el territorio que de quererlo sin más. Como si se agarraran a una caja fuerte.

¿Y la novia de Mark Zuckerberg? Pues reconozco que estoy un tanto confundida, porque según las crónicas sociales es su chica de la universidad. Esa que lo conoció cuando no era nadie salvo un geek. Un freaky de los ordenadores, asocial y un punto zarrapastroso. ¡Pero esta novia -ya esposa-es de origen chino! O sea, que se apellida Chan –Priscilla Chan-y tiene los ojos rasgados, mientras que la de la película “La red social” era absolutamente caucásica. 

Si yo fuera drag queen me haría llamar Priscilla Chan. Lo digo sin ánimo de ofender. Pero esa mujer bella que posa con el multimillonario número 29 en la lista de los mega ricos del planeta, no parece estar para bromas. Tiene esa prestancia de la primera novia. La que ha soportado extravagancias, tardes de domingo sin salir de casa, amigos raros de higiene justita y olvidos imperdonables, como los aniversarios de amor.

Priscilla, ya sra. Zuckerberg, ha permanecido muda todo este tiempo. Ahora, con esa foto vestida de novia junto a su marido, el mundo entero va a hablar de ella. Bye, bye, joven Chan, me digo contemplando esa foto. Seguramente tu anillo y esos millones en el banco acaban de cambiar tu destino. No te dejes la melena larga ni te apoyes en el enclenque Mark, proyecta sombra propia y alargada.

Y demanda a esos productores que se cargaron tu mirada rasgada para hacerte más sexy al público caucásico. ¡Qué atropello!