Mi querida Big-Bang;
La ortodoncia se ha convertido en un tema socialmente exitoso. La culpa la tienen, desde luego, los dentistas, que andan poniendo brackets a mis amigas pasados los 40, con una pasmosa ligereza y sin manual de efectos secundarios incluidos.
Un inciso aclaratorio. Los brackets los inventó la Santa Inquisición. Un conjunto de hierros y microtornillos que se aprietan como el garrote vil de los ajusticiados para que los dientes entren en cintura sólo podía salir de una mente enferma. Hasta hace unos años los usuarios eran exclusivamente adolescentes, y como ésos merecen experimentar toda suerte de castigos, me parecía superbien. Pero a los 40 no debe molar nada que la boca aumente dos tallas, te cambie la voz y tengas que salir disparada a lavarte cada vez que te comes una patata frita.
-A ver, doctor, tengo una duda práctica, ¿voy a poder besar a mi marido?, preguntó M.
-Naturalmente.
-¿Con lengua?
-Sí mujer..
-¿Y voy a poder…lo otro?
-Mnnnn, es cuestión de ir probando y sobre todo de no hacer bruscos movimientos de retirada, ya me entiende.
Sí, gracias a los brackets la vida sexual de mis amigas se dirime en el sillón del dentista, que debería adjuntar un manual de usos y costumbres para mujeres (y hombres) tiburón. Porque estamos hablando de prácticas cercanas al sadomasoquismo. Con hierros, vaselina y labios sinuosos sin silicona. Amén de ese retorno a los quince años que bien pudiera acompañarse de una faldita de colegiala viciosa, fantasía común donde las haya.
Así que ya mismo me estoy encargando unos brackets, porque si hay algo que no soporto es no ser la más cool de Estambul. Quiero un extra de sex appeal, unos tornillos que me den un plus de amenazante sensualidad cuando sonría. Y de ahí al látigo y al capuchón de cuero hay un paso. Anoto: consultar urgentemente a mi dentista.