Antonio López. Museo Thyssen

Hay palabras que me gusta tanto cómo suenan que busco una excusa para usarlas. Por ejemplo, catenaria. Por ejemplo, zaguán. Mataría porque la RAE ampliase su definición y así poder llamar zaguán al recibidor o vestíbulo de casa (que derivó en hall, término mucho más anodino y carente de personalidad, cuando es un cul de sac oscuro al que un buen día puse unas cortinas hippies de semillas para fingirlo entrada a un paraíso lisérgico y prometedor).

El otro día me dejé arrastrar por las estancias de la exposición Realistas de Madrid del Thyssen, rodeada de grupos de mujeres que se explicaban las unas a las otras a voz en grito lo que todos estábamos viendo. El realismo tiene ese efecto democrático: todos entendemos lo que vemos. Es cotidiano y su lectura inmediata está al alcance de nuestras manos. Así que allí había un congreso de expertas (y algún experto) señalando membrillos, estanterías de cuarto de baño o pasillos de luces tenues con el desparpajo propio de la osadía.

Lo cotidiano para mí es siempre misterioso. Una invitación al voyeurismo que me produce cierta sensación de culpa cuando entro por primera vez en un cuarto de baño y se me van los ojos al orden o al desorden de una balda, al modo en que las toallas lucen tersas o dejadas caer en sus pliegues húmedos. A las huellas de las gotas en una mampara de ducha. A las cuchillas de afeitar o las cremas y afeites destinados a dignificar a sus dueños. La intimidad reside en los objetos y se alimenta de ellos. Así que no hay gesto más íntimo que introducir tu cepillo de dientes en el vaso de una casa ajena. Algunos lo llaman temeridad. Otros, comienzo de una historia compartida.

María Moreno

Antonio López, María Moreno, Isabel Quintanilla, Francisco López, Amalia Avia, Julio López (sí, suena a reunión familiar y de hecho lo es. Hay maridos y mujeres. Amistad y camaradería) ofrecen un recital de temeridad en sus cuadros y esculturas de lo fácil. Eso tan tramposo. Hay poesía pura en un pasillo blanco, absolutamente blanco de Antonio López, en su magistral perspectiva apuntalada en puro virtuosismo sin soberbia. Y el hallazgo de ese cuadro me abstrajo de la Gran Vía y me llevó de cabeza al descampado de Vallecas donde su mujer, María Moreno, y Quintanilla ofrecían dos muestras desde el mismo lugar, y capturaban la intimidad del aire, de lo desapacible de un solar sin edificios que lo abracen. Y eran dos aproximaciones tan distintas que me sorprendí escrutándolas como se hace con el juego de las siete diferencias. Y las siete eran siete mil. Y una pareja me echó al lado por pesada, con toda la razón.

Siento debilidad por María Moreno. Me parece una excelente pintora al lado de un genio que se llevó la fama (y también cardó la lana). La humildad de Antonio López logra que se le perdone. Ambos van de la mano y beben a diario litros de un brebaje que preparan y ofrecen a las visitas. Una purga que a ellos les funciona porque siguen atracando intimidades en espacios, en flores, en desnudos esculpidos. Y luego se convierten en dos ancianos amalgamados, silenciosos y llenos de preguntas.

Isabel Quintanilla

Píntame un zaguán“, debería haber dicho el Principito. Un espacio intermedio, una frontera entre el afuera y el adentro. La intemperie y el orden o el desorden de lo que nos cobija. Con esas luces bajas, mortecinas, que ayudan a templar el ánimo y desatarnos los corsés cuando entramos en casa. Ese lugar incógnito que vamos envolviendo con objetos que son como un escudo protector, como un sudario. Detrás de cada plato y cada libro,de cada mota de polvo acumulada,  hay un acto de fe, un intento de sernos a través de lo inanimado. De dotar a Pinocho de una vida latiente. De escapar de la miseria del cuerpo, de ampliar contornos a golpe de carboncillo sobre papel. Luces y sombras.

Y contar todo eso en unos cuadros, en unas esculturas, requiere tanto talento que me habría arrodillado ante el algunos. Pero el grupo de expertos alineados en terca catenaria me empujaba con prisa hacia el zaguán. La prisa del que entiende a la primera.