Podría dividirse a la población mundial entre los que jamás hablan de sí mismos pero sí de los demás y los que utilizan a los demás para hablar de sí mismos.

A los primeros hay que leerlos entre líneas. A los segundos habría que echarles encima un barreño de pez.

¿Quiéres que te lo cuente otra vez?

Ayer padecí a un tipo del grupo B. Un ser humano pedante y de voz extraordinariamente aguda que se prodiga en exceso por los foros de la villa y corte. No daré el nombre no por falta de ganas sino porque la vida es corta y la venganza, tiñosa.

El yoísta profesional disfrazó la disertación de su egolatría de mesa redonda donde otras voces, algunas francamente autorizadas, respondían con cierta desgana a preguntas supuestamente sobre ellos que en realidad hablaban del personajillo en cuestión. Por ejemplo: “Me gustaría saber qué piensas de aquello que me dijiste en esa magnífica entrevista en tu despacho con aquella mesa de madera vacía donde yo bailé una jota y te dejé apirulado con la agudeza de mis observaciones”.

El interpelado, por lo general inteligente, soslayaba el embate yoísta como podía, pero al otro no le ganaba nadie en insistencia, y sabía cómo arrimar la “chascua” a su sardina, para volver a ser Trend Topic ante el bochorno general.

-Vámonos, chitina, que me estoy poniendo mala, le escribí a L, en el móvil, con disimulo vietnamita.
-No exit, respondió ella, desfallecida.

Y ahí seguimos un rato, atrapadas entre el gracejo interminable del enano yoísta y mi urticaria, que se manifestó por todo lo alto ante la desesperación y el bochorno de un espectáculo casi obsceno donde la cultura servía de coartada para prolongar la sombra de aquel contratenor hueco.

Divido a la población mundial entre los que tienen narices para levantarse de un mal espectáculo y los que se aguantan por pudor y educación mal entendida. Para las conferencias plúmbeas he perfeccionado el viejo método de las Fuerzas Especiales: salgo reptando como una culebra y si me pescan por los pasillos finjo que buscaba el cuarto de baño.

Todo menos soportar a esa gente que se aprovecha de mi paciencia para soltarme aquello que debería escupir en un diván de pago. Eres enano, tu pensamiento es tan corto como tus piernas y adornas tu discurso de epítetos rebuscados para fingir que dominas el cotarro, que de cultura vas sobraó y que el mundo debería abrirse de orejas para aprender eso que sólo a ti te ha sido revelado.

Dicho lo cual sólo me queda advertir contra esos charlatanes de feria vestidos de gurús de altos vuelos. Las personas más interesantes que conozco no fardan ni te utilizan para que orientes tus focos sobre su cara. Suelen llegar sin hacer demasiado ruido, te regalan dos o tres frases precisas y cuando se han ido aún estás un rato con la sensación de eco en tu cabeza. De que han tocado una tecla que vibra y te ayuda a componer tu propia sinfonía.

Pues enano, que sepas que ayer me echaste de una sala donde había gente mucho más alta y mucho más preparada que tú. Eres lo más parecido al clásico capullo de karaoke que se empeña en cantar cien veces “My way”.

Para soportarlo, para soportarte, hay que agarrarse a la frasca de whisky y dar largo trago. Me pregunto cuántos alcohólicos has dejado en tu largo camino de baba sin proteína intelectual.