21 neonazis han conseguido un escaño en el parlamento griego.

Repetimos: 21 neonazis afilan sus proclamas para sentarse a decidir el futuro del país que inventó la democracia.

De toda la marea de noticias del fin de semana, esta requiere regurgitación y un minuto de silencio. La victoria de Hollande, la nueva Francia, se ha llevado los oropeles de las primeras páginas. Es extraordinaria, pero no alarmante. En Grecia están pasando cosas que ya no abren los telediarios, como el aumento del abandono de niños. Como el repunte del filonazismo. Cuando la desesperación impulsa al triunfo de los malos, hay que preguntarse por qué.

Los malos siempre aprovechan la debilidad para hacerse fuertes. De la debilidad al olvido hay un paso. Estos nuevos diputados llaman “escoria” al inmigrante, pero como se han hecho con sus asientos en unas elecciones democráticas, nadie va a cuestionar su legitimidad. Una pesadilla.

Se me ocurre que lo peor de las crisis es que toquen los cimientos. Aquellos principios que se consideran inamovibles. Como el respeto al ser humano. A la infancia. Al extranjero. El discurso aparentemente proteccionista de “lo nuestro”, de “nuestros valores”, “nuestra esencia” es un calco de los de Hitler en aquel balcón. La apología del nazismo es un crimen, pero parece que el estado de excepción en el que vive un país devastado permite ése y otros muchos desmanes.

Cuidado con quién sale a empujarnos cuando desfallecemos.

La política es necesaria, es venenosa; a la desesperación la pilla tan exhausta que hace la vista gorda. Los de fuera y los de dentro. Vuelta al lenguaje maniqueísta. Los otros.

La peor miseria es la moral, pero si te pilla con un bocadillo entre las manos a veces no te enteras. Y mientras te estás limpiando las migas un ejército de filibusteros invade fronteras. Pero llevan credenciales parlamentarias y nadie se mueve.

Francia se mirará el ombligo varios días. Merkel se pondrá guapa para coquetear con Hollande y hasta con Rajoy si fuera menester. El equilibrio de fuerzas manda.

Y a los griegos, que les den. Total, se han comido nuestros fondos y ya están asfixiados de partida. El establishment no habla la lengua de Sócrates, ni falta que le hace, parecen pensar.

Cuando todos estábamos distraídos vino la zorra y sembró el caos en el gallinero con la venia electoral.

Tengo miedo del poder en tiempos de debilidad. Los malos siempre saben encontrar las grietas por donde colarse.