Mi querida Big-Bang:
Escribir sin café es como levantar a un muerto a plomo. Hay acciones que sólo suceden juntas. Lavar y marcar, nadar y guardar la ropa, tirar la piedra y esconder la mano… Dirás que hoy me he levantado filósofa low profile, pero es que una no es capaz de mantener el listón de la intelectualidad por todo lo alto cuando la han acribillado los mosquitos trompeteros por la noche. De repente, es verano, y a los desequilibrados no nos pueden subir las temperaturas tan de golpe porque entramos en brote y nos da por acuñar sesudas sentencias. Si J. estuviera aquí me sacudiría con un libro de Hanna Arendt y me castigaría con escribir 100 veces: “antes de hablar, debo pensar”
Constatación: Estamos rodeados de enanos hidrocéfalos. Esta es mi verdad. En realidad no es mía, sino de uno de los protagonistas de la (magnífica) obra teatral “La omisión de la familia Coleman”, que vi el otro día. Un proyectil contra el tuétano de la familia, ese lugar tan sobrevalorado que por fuera parece un vergel y por dentro es un nido de víboras, deslealtades, envidias tiñosas y un extenso catálogo de crímenes legales.
…Todas, menos la propia. Porque si hay algo claro es que uno puede ponerlos a caer de un burro, pero jamás permite que otros lo hagan. Mis tres calvos, también llamados hermanos, son en lo que a mí respecta el epítome del hombre perfecto: listos, cachondos y despellejones. Nada esdrújulos, nada redichos, nada repulidos. Si me los critican, saco las uñas. Y desenfundo los nuevos insultos de mi arsenal, a saber: “Eres un vacíapiscinas”, o “eres un paseaperros”, o (este viene de ultramar): “eres el último orejón del bote”.
Pero mi hit del día, como decía, es “eres un enano hidrocéfalo”. Vale, es políticamente incorrecto y recibiré amonestaciones. Mi madre diría: “te va a castigar dios”. Pero mis dos chukis tienen perímetros craneales normales tirando a XL, así que me la refanfinfla. De momento, se lo he llamado al puto (con perdón) mosquito que me ha dado la noche convirtiéndome en un habón con ronchas rojas, y se ha marchado con las orejillas gachas.
Te dejo, que la mamarracha que me habita debe elegir sus pinturas de guerra, y este ataque de hidrocefalia aguda me está matando.