El cuerpo se resiente al robo permanente de una hora.
Me rodeo de gente alterada por el horario de verano. Ellos, como tú, salen a la calle y hace frío, y el viento les corta los oídos en bicicleta, y los desequilibrados -la mayoría- hacen cosas extrañas como gesticular en exceso. Y al policía le parece mal que pedaleen sin casco.
-Señorita, es obligatorio cubrirse la cabeza, ¿no se ha enterado?
-Bueno, sí…algo he oído, pero aún no me he comprado el casco.
-Usted no quiere taparse ese pelo rubio (leve sonrisa)
-Es que llegar al trabajo como si me hubiera chupado Godzilla no es muy sexy, que digamos.
-Voy a estar pendiente. La quiero con casco. Señorita.
-Me quiere…sí. Se lo prometo (agente)
Esta mañana no hacía tanto viento como para llamar agente al poli. Es un término muy de película norteamericana, y aunque una vaya de rubia por la vida y lea a Jonathan Franzen no debería abusar de la cultura yanqui. Esa que nos ha convencido de que en los juicios uno extiende la mano sobre la Biblia y jura decir “la verdad, toda la verdad y nada más de la verdad, con la ayuda de Dios“
Este fue el apasionado tema de conversación la otra tarde, con café y torrijas, en casa de mi hermano. ¿Por qué nos hemos creído que las fórmulas de Hollywood son las de la real life? En el fondo somos unos ingenuos que pensados cuando vamos a una boda que el cura va a retar al respetable a confesar a gritos “algún impedimento” para la celebración del matrimonio. Como en Jane Eyre. Pero no.
Las ceremonias, bodas, juicios o comuniones, son mucho más prosaicas. Y me pregunto si un poco de viento de más, varios robos horarios aquí o allá, contribuirían a dotar de mayor dramatismo y literatura a nuestras rutinas.
Pero hoy hace primavera, el aire huele a reto y los locos andan por ahí, agazapados, a la espera de que un poli los reconvenga para salir pitando cuesta abajo y hacerles un glorioso corte de mangas. Muy gesticulado, que para eso nos han quitado una hora de sueño, de respiración y de lamentos.