De niñas compartíamos la ropa de las muñecas, masticábamos el mismo chicle por turnos y coleccionábamos cromos de Mazinger Z. De mayor con mis amigas más íntimas he simultaneado brujas, adivinas de andar por casa y divanes donde Freud bostezaba con pereza porque a veces los relatos eran sospechosamente parecidos o en ellos se repetían personajes, cosa harto improbable con la excepción de Napoléon (mito de megalómanos y locos de atar de tebeo). El colmo del azar era que a tu amiga le dieran hora justo antes que a ti, de manera que os cruzarais en el vestíbulo de los chiflados o de los inquietos por el autononocimiento (tanto da)  fingiendo no conoceros pero guiñándoos un ojo de refilón.

Visto con perspectiva, lo único que no nos hemos pasado de unas a otras han sido los novios. En eso fuimos pulcras hasta la extrema unción.  Cierto es que nunca tuvimos el mismo gusto para los hombres. M., felizmente casada, suele rematar los relatos de su vida conyugal con un “desde luego vosotras no aguantarías a Mijosemanuel ni él a vosotras…”. Y todas asentimos. Porque no es lo mismo amar a Mazinger-Z y temer las veleidades del siniestro barón Ashler -un tipo mitad hombre, mitad mujer que intercambiaba voces, el colmo de la modernidad en los setenta- que desplegar paciencia y mimos después de dieciocho años de convivencia donde la rutina  apenas permite meterse en una nave imaginaria y accionar los ojos de un robot para convertir en excitante un paseo gris por la ciudad.

Con  M. recuerdo haber compartido el cancán del vestido de novia. Total, las dos nos casamos el mismo año pero con tres meses de diferencia. Y ambas hoy nos reímos de nuestros looks (cuando miro el mío, que cuelga aún de un armario de mi abuela, me pregunto quién era yo y por qué me quería tan poco. Esas margaritas en relieve, esos metros de tela blanca y con cierto brillo más propia de una Paris Hilton poligonera que de una jovencita de barrio de ultraderecha donde las viejas compiten con los visones y llevan treinta años yendo a la misma peluquería).

Cuando eres pequeño tus amigos son compinches en la acción. A ti te toca ser Mazinger-Z y a la otra Afrodita-A. Y luego hay un tercero que se pide ser el Doctor Infierno. De mayor se acaban los mitos de los dibujos animados como cemento social pero quedas después de tu cita anual con la bruja para comentarlo con tu amiga, que también acaba de ir. Y las dos, pisándoos la palabra, compartís el destino en el que no creéis como si os lo creyerais. Porque estáis convencidas de que las predicciones pasarán, pero no esos ratos donde lo único que os falta es turnaros el chicle o gritar a dúo “¡¡¡Puños fueraaaa!!!. Como entonces.