“Cuando era guía turístico aprendí una lección: no se puede someter nada a votación, porque la mitad del grupo querrá una cosa y la otra mitad otra, de manera que hagas lo que hagas tendrás a medio autobús descontento”.
La dictadura del guía turístico es un tema para desarrollar, pensé mientras escuchaba a C. al trote en un monte bajo y con los gorros bien calados. Hay veces en que resulta muy confortable que decidan por uno. Además de liberarte de responsabilidad, impide enfrentamientos desgastantes. C. contaba que en ocasiones cuando guía a un grupo -ahora son millonarios norteamericanos que llegan a España en su jet privado y piden “scrambled eggs without yolk” en un bar de mala muerte– no sabe muy bien a dónde va, y siente el aliento general detrás de su nuca, la expectación impaciente de esos que han confiado en él, y debe buscar salida al laberinto. Y la encuentra.
(La angustia abisal del guía de grupo con grupo porculero que ha pagado muchos dólares y quiere contrapartida ad hoc).
En casa someto pocas cosas a votación, porque tener a una de las chukis mohína es bastante incómodo. Aún así mi madre considera que dialogo de más. Que “esas niñas tienen demasiada voz y voto. A vosotros se os decía lo que había que hacer y lo hacíais”. Mi generación, la de finales de los sesenta, salió bastante obediente, me temo. (Con todas las consecuencias. Cuando llegamos a una edad algunos abrazamos ciertas formas de rebeldía imprescindible. Dimos portazos a destiempo). No recuerdo que mis padres nos pidieran opinión para nada. Te vestías lo que te compraban, ibas a ver la película que tocaba y el concepto selección de menú no existía a la hora de cenar. Mis hijas, a veces, creen que soy un hotel con servicio de habitaciones 24 horas y un menú largo y estrecho. Por supuesto, los domingos toca “aperitivo con refresco” y los viernes “cena de chicas con pizza y peli”. Esto último tratamos de no hablarlo delante de mi madre, su abuela, porque le parece lo peor. Un capricho insalubre del que se resentirán futuras generaciones y si no, al tiempo.
Mi generación, la de la EGB, salió al mundo endeble y obediente, y algunos siguieron a guías que no tenían ni idea de a dónde llegaban las rutas. Otros nos perdimos solos y es un alivio darse cuenta de que tu mayor tara, la desorientación, tiene que ver con tu biografía. Perderse es un tipo de desodediencia. Los niños demasiado obedientes, sé que me repito, me dan repelús. Tengo la sensación de que serán serial killers en un futuro no muy lejano. O víctimas de aguiluchos a la caza de voluntades ajenas. Claro que esto lo digo porque las mías no destacan precisamente por seguir mis órdenes, sino que me han salido respondonas. Y sus taras, cuanto toque identificarlas, tendrán algo que ver con el hecho de que su madre, demasiado cansada y perdida de antemano, soltó el banderín de guía en medio del monte y dejó que ellas decidieran la senda para perderse.
(La familia que se pierde unida ¿permanece unida?)
No sé muy bien por qué hablo de esto. Sí que cuando sigo a un guía de grupo le exijo mucho. Que me lleve, que me cuente una historia bien contada, que no meta morcillas prescindibles, que elimine aquello que aparta el relato del camino, que tenga respuesta a todas mis preguntas… Y si no, me disperso, me alejo del grupo, exploro otros pasillos, me adelanto al tour y me planto delante de un cuadro para que me cuente su versión de los hechos. Soy esa turista díscola que además de ir por libre necesita que alguien vaya a recogerla porque no encuentra la puerta de salida.
Mi generación, la de la EGB, salió obediente o desorientada. Y yo jamás obedezco a un GPS, lo que me convierte en carne de precipicio. Mujer errática que con suerte se pierde en un paraje tan bello que le compensa la angustia de ignorar si será rescatada. Pero que cuando llegan los rescatadores se abraza a ellos como si no hubiera un mañana.
(La generación de la EGB es carne de diván permanente, pero aún no se ha dado cuenta).