Lana del Rey, femiescéptica

Leo que Kirsten Dunst, Lana del Rey, Shailene Woodley o Dolly Parton se han declarado femiescépticas. O sea, alérgicas al feminismo. Contrarias a enzarzarse en una discusión en defensa de los derechos y la igualdad de la mujer. Las entiendo. A mí el debate hace décadas que me aburre. Es mucho más interesante defender tu poderío pectoral, querida Dori, o el último papel de cine pasado por el glamourazo de Hollywood, diosa Dunst.

Lo que pasa es que no se trata de una opción. El feminismo es un estilo de vida. Y luego están las conversaciones básicas, manoseadas, violentas, plagadas de tópicos y lugares comunes que son como charcos incómodos en los que las mujeres que hemos tenido la suerte de no ser marginadas (o no del todo, que yo me inicié en una revista machirula donde sólo medraban ellos y cuyo director, que en gloria esté, me llevaba de “secretaria” a los Cursos de Verano que impartía y hacía piececitos conmigo por debajo de la mesa, para mi estupor de veinteañera inexperta que despertó a la indignación a la fuerza) no solemos pisar.

Sostiene Shailene Woodley (lo siento, nena, no sé quién eres) “no soy feminista porque amo a los hombres” en una entrevista a la revista Time. “Creo que la idea de tomar el poder y sacar del poder a los
hombres nunca va a funcionar porque se necesita equilibrio. Yo misma me
siento muy en contacto con mi lado masculino, me siento 50% hombre, 50%
mujer”
.

Pues yo, querida, no utilizo la androginia ni las declaraciones de amor heterouniversal como coartada para huir del femidebate. No creo que esto vaya de quitarle nada a nadie, sino de poder convivir en la misma mesa de un consejo de administración sin sentirte la nena del grupo (dando por hecho que llegar a esa mesa ha sido un logro, estadísticas mandan). Y ahí están casos como el de mi amiga M., un crack con carrerón profesional que trabaja en un sector muy masculino y que es la única de los altos cargos a la que el jefe llama “monina”.

Y también va de que si se publica un reportaje sobre una generación de escritores no se obvie por sistema a las escritoras (sigan a Laura Freixas, persecutora implacable de esta lacra).

“Para mí, el asunto del feminismo no es un concepto interesante. Estoy
más interesada en, no sé, SpaceX y Tesla o qué es lo que va a pasar con
nuestras posibilidades intergalácticas. Cada vez que alguien saca el
tema del feminismo pienso ‘oh Dios, no me interesa”.
Ay, Lana del Rey, cómo te comprendo pese a que ignoro qué demonios es SpaceX ni Tesla, y aún no me he sentado a reflexionar en este blog sobre mis posibilidades intergalácticas si no es para hacer un panegírico del Dr Spock, hombre por cierto, aunque de picudas orejitas. ¿O los androides no cuentan en el debate feminista?

Me parece, chicas, que si vamos a dedicarnos al femiescepticismo deberíamos ser un poco más serias y no ponernos palos en nuestras propias ruedas. El enemigo no es un hombre, a menudo somos nosotras mismas. Y esta en nuestra mano hacer un alarde de inteligencia o una boutade para salir airosa de las entrevistas, con un toque de ingenio aquí y un golpe de caderas allá.

Si me repaso a mí misma veo a una femifuriosa contra esas mujeres que nos devalúan al resto. Las bobitas que consideran que la coquetería y las llamadas “armas de mujer” son tan necesarias como infalibles para saltar al ruedo de los hombres. Esas que en su fuero interno creen que el hombre es un ser idiota al que se le hipnotiza facilito con una caída de ojos. Esas que buscan maridos con alta rentabilidad a corto y a largo plazo. Esas que putean a las suyas para reforzar posiciones en sus trabajos. Esas otras que compiten y se ponen zancadillas como espectáculo de lucha libre para espectadores con puro y sol y sombra en copa balón.

Como madre de hijas nada me duele más que detectar (rara vez) que han asumido sentencias lapidarias sobre la preeminencia de los hombres en según qué esferas (Minichuki y el fútbol). Pero nada me enorgullece más que comprobar que han asumido un estilo de vida que reconoce y respeta a la mujer entregada a su carrera y a su vida. Al hombre entregado a su carrera y a su vida. Al ser humano digno de respeto y reconocimiento.

Termino ya. Creo que lo que más daño hace al debate feminista son la frivolidad, la cicatería y el maniqueísmo. Si no queremos entrar en él, sugiero que nos callemos. Pero si nos lanzamos al barro establezcamos posiciones inteligentes. Que el sarcasmo ceda el paso a la ironía. Que no se nos olvide el sentido del humor.

Y eso sí, que si un jefe perfumado nos toca el pie por debajo de la mesa tengamos el valor de levantarnos y pedirle a nuestro otro vecino de mesa que nos cambie el sitio. A mí me costó un sonrojo largo y mucho miedo a represalias, pero creo que me gané el respeto. Y nunca olvidaré a ese hombre bueno que entendió mis súplicas y pese a ser invitado de honor del abusador no tuvo reparo en levantarse y erigirse en muro de contención.

Hay muchos hombres cómplices. Son los que merecen la pena. Eso les cuento a mis hijas para que sepan identificarlos. Como a Venus en el cielo en nuestras noches astures de verano.