Mi querida Big-Bang;

Me escribe un escritor de ultramar para una cita, después de haber mantenido cierta correspondencia los últimos meses: “sería un poco a ciegas, pero no del todo, siempre puedes fingir una indisposición repentina y salir corriendo después de tomarnos un tinto”. Me encantan las citas a semiciegas con tipos inteligentes que escriben prosa tan sobria como vibrante. Es lo inverso a ir al cine de terror y taparse con los dedos, pero no del todo, en las secuencias de la ducha. En este caso debo taparme ante su presencia física, la que desconozco, y desembozarme cuando escuche su ironía y esas descripciones leves y cargadas de humor que me regala en sus correos y guardo para que las Chukis algún día tengan algo que vender para salir de la ruina.

Lo malo de la admiración es que es una pieza tan frágil que puede romperse con un mal paso. Un suponer, ¿qué pasa si el sujeto lleva dentadura postiza y se le mueve mientras mastica el jamón de bellota? ¿Y si, mucho peor aún, se ha puesto una camisa acrílica? ¿Qué pasa si en el mundo oral no es tan quirúrgico con las palabras, si llena sus frases de interjecciones y, mucho peor, de onomatopeyas? ¿Y si habla demasiado alto y con voz aflautada?

Sí, me temo que me he metido en un terreno peligroso. El de las expectativas, la ansiedad, la proyección del ideal, las tapas con vino. Y además, debo parecer lista. Porque la sobradilla que finjo ser se ha esmerado en sus mails por parecer brillante y divertida, desenfadada y chisposa. Y ahora debo hacer la performance en vivo y en directo. El tipo, al menos, puede defenderse con sus libros y esa recua de lectores que le hacen la ola doquiera que va. Yo sólo cuento con mis mechas y algunos chascarrillos hilvanados en las madrugadas o en algunas tardes de resaca y rosas.

Luego está lo de mi amnesia. Ese bloqueo ante preguntas chungas del tipo ¿qué has leído últimamente? “Verás, sí, esa me la sé…ummm… una de un corresponsal en decadencia que se inventa una historia para salir del paso y entonces…”. Vamos, que no hay que ser un lince para malpensar inmediatamente que la rubia no ha leído más allá del Cuore en lo que va de semana, y a ver de dónde me saco un comodín del público para pasar el trago.

Entenderás que esto empieza a inquietarme en demasía. Que quizás debería alquilarme una doble con buena memoria y menos lenguaraz. Un clon mejorado dotado con un mando a distancia, que yo accionaría desde la mesa de al lado. Así podría deleitarme con la parte conocida de ese desconocido que adoro desde el desconocimiento. Y, si no resisto más, acercarme a su mesa y pedirle fuego, con una de esas caídas de ojos a lo Lauren Bacall que ensayo y casi bordo en el espejo. Si logro que le brillen los ojos, daré por bueno el experimento,y reresaré a casa sin que el mito se haya resquebrajado, para retomar nuestra vía convencional de comunicación: inodora, incolora, pero nunca insípida.

Ahora que tengo un plan, me quedo mucho más tranquila. El libro, por cierto, es “Los imperfeccionistas”, de Tom Rachman.