No paro de ver la cubierta del libro por todas partes. Me llama, me provoca, me manda señales de socorro. Se llama “Vestido de Novia” (Alfaguara), de Pierre Lemaitre, ganador del premio Goncourt por otra novela. El título me disuade, lo encuentro muy de bestseller para chicas que ponen candados en las barandillas de los puentes. El azar pone un ejemplar en mis manos y hago el test ciego de la suspicacia: arranque y dos fragmentos.

“Está sentada en el suelo, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas, jadeante”.

Perfecto, la visualizo. El autor sugiere una escena tórrida de sexo o tal vez la consecuencia de una jornada de limpieza general. Pero no hay fregona. Los jadeos son siempre escandalosos en un texto. Como un do de pecho. No mucho más recorrido in crescendo. Si agotas la escala, sólo puedes bajar, precipitarte.

Lo que sigue no me excita, pero el salto a la página 150 es demoledor: “Sophie y Andrée no hablan sino de generalidades, no son amigas en realidad. ¿La cosecha de informaciones sobre la pareja compensa lo duro que ha sido tratar con esta plasta?”. Aquí no hay literatura, monsieur Goncourt, me va usted a perdonar. (Plasta, generalidades, compensa…uff)

Pero sigo. Toma 3: “Franz cuelga. Nota un alivio inmenso. Lleva tres días sin tomar fármacos, pero por la voz nota que está afectada, asténica”.

Yo también estoy afectada. Mi cata semiciega es un fracaso. Pensaba entretener la llegada del informático al rescate de la información de un viejo ordenador con una lectura ligera y nutritiva como un sandwich de pavo. Pero esto es una bolsa de cheetos barbacoa, y en ayunas.

El hombre fue muy claro, al teléfono:

-Yo le recupero los datos, pero usted debe sacar el disco duro.
-No sé cómo se saca el disco duro. Ni sé dónde está, ya lo siento. (Tono de rubia)
-Ah..bueno. Pues entonces espéreme que voy y se lo saco.

Él viene y me lo saca. Podría ser un arranque de párrafo de Vestido de Novia. (Mi vestido de novia estuvo guardado en el armario de mi abuela hasta que un día lo usé como disfraz de Carnaval. A tijeretazos la emprendí con las margaritas del cuerpo -un campo de flores acrílicas, tiesas y burlonas- rasgué el escote y corté la seda de la falda. Me hice novia cadáver. Homenaje a Tim Burton. Cerré el círculo del desamor.  Él viene y me lo saca.

Una mujer en pleno uso de sus facultades mentales aguarda a un informático que rescatará de un viejo MAC tres años de su vida, una década atrás. El desconocido va a ponerle ante sus ojos a una extraña. Otra vida, otro pelo, otro hombre, otra figura. Otros libros. Travelling y close up. Nota que está afectada, como la del libro, pero de ningún modo asténica ni tampoco jadeante, señor Goncourt. Buscaría más bien un adjetivo intermedio, algo a mitad de camino entre la curiosidad y la excitación.

Con la decisión tomada, corre a la última página. Es un diálogo:

-Aproximativa…¡pero muy eficaz!¡El tipo de documento que deprimiría a cualquier hijo, sobre todo si está muy apegado a su madre! ¡Y tú lo sabías!
-Digamos que era lógico.
-No me lo puedo creer. ¿Hiciste eso?
-Ya lo sé…Está muy mal…

Decide condenar la novela al ostracismo. Aguarda sentada, las piernas en ovillo, al informático. Suspira y comprueba lo sucios que están los cristales. Tal vez una limpieza general…