…O puede que el orbayu sea una señal de despedida preanunciada. O ese aviso amenazante de Netflix comunicando que vuelve a subir la tarifa mensual, cual camello sabedor de que sus yonquis harán lo que sea con tal de no volver a la morralla de la tele (salvando a Franganillo, ese dios de la actualidad que hizo de Moscú mi foco de máximo interés in ille témpore).
O puede que sea la contumaz insistencia de Bronte por refugiarse hoy en casa porque no es amigo de humedades, y con esfuerzo y una pelota de alta gama he conseguido que entrara en el mar, pero no evitar que le espanten las olas ni la lluvia meona. O puede ser que anoche, cenando con una pareja de amigos, no fuera casual que les lanzara esa pregunta de: “Y el curso que viene, ¿qué?” Esa cuestión que desmadeja los planes, los retos y el futuro. La caja de Pandora.
O que sienta esa tentación asesina de arrancar hortensias azules y carnosas por el camino y encerrarlas en un bote lavado de cristal que ayer fue de tomate. O por llevar ya trillados los caminos de esta Tierra que hemos hecho nuestra a base de insistencia, paseos erráticos y buenos alimentos.
Cada año, desde hace muchos y por tanto mi memoria flaquea, volvemos y sólo sigue igual la esencia, el hueso duro. Los amigos de entonces se fueron distanciado por avatares que son la vida misma. Nosotras pivotamos entre todos, y nos ponen al día y sólo lo irremediable hace llagas. El resto es como siempre. Titulares de periódico local, con esa observación de lo pequeño que de pronto se antoja lo único real. La vida con aroma a tortos fritos y queso de cabrales. El resto en entelequia pasada por los pactos, el desgobierno crónico o el tiroteo de un pirado supremacista en el reino de Trump. De fondo, el Open Arms. Ese nombre de amor a los desesperados que no viajan en barcos de recreo repletos de champán y diosas en biquini blanco y diminuto, sino en lanchas con grietas y bebés como gatos maullando gemidos y buscando leche y miel bajo los nubarrones negros.

Usa tus rodillas

Hay una distancia necesaria entre la estupidez y la alegoría. O eso me brota ahora. A bastantes kilómetros un amigo ha salido del quirófano dos veces en 48 horas y con voz exhausta me narra un relato de miedo pasado por humor: “Dos veces se les rompió la camilla, que además no entraba en el ascensor. Tenías que verlo”. Y me parece que si uno se queda con la anécdota la vida es más ligera, y el desafío te pesa un poco menos.
C. nunca va a olvidar este verano. Yo tampoco. Aunque la memoria es elástica y mezcla lo que ofrecen los sentidos. Y libre de nostalgia el espíritu brinca con porvenir de infancia. Y aún queda toro -hasta el rabo- y quedan prados y rocas con restos de ocle brillante, vuelvan los planes al cajón de la mesilla. Y si para este cielo llorón de lamentarse, volveré con mi Bronte y con mis hijas a donde lo dejamos. Bendita sea la tregua, tan  justa y necesaria.