P { margin-bottom: 0.21cm;“No me lamento del tiempo que he
perdido quemándome las cejas sobre los primeros amores, pero
sospecho, en todo caso, que lo hubiera aprovechado más si me hubiera
dedicado a los amores tardíos”.
pródiga contrita. Lo abandoné como abandoné hace dos días el
rubio y me corté el pelo tanto que parezco un pajarillo tembloroso.
Fue un impulso necesario. Una cierta traición a mi María que tendrá
que entender, estoy segura. Ahora mi cuello se presta al ahogamiento
y, aún peor, a la guillotina. Al zaherimiento, a la colleja, al
desacato (quitando poesía).
provocado sin duda por mi nuca desnuda, acuñé un nuevo significado
para el verbo espetar: “Asar sardinas en la playa del Sur bajo la
luz de las estrellas”. A Pla no le hubiera parecido mal. El hombre
se siente, dice, incapaz de disertar literariamente sobre los
primeros amores porque carece de imaginación. Eso confiesa en su
“Cuaderno gris”, esa joya necesaria que alguien debería dejar en
las mesillas de hotel sin esperanza, en las celdas de los presos, en
los bancos de beata de iglesia tenebrosa, en los burdeles… Los
llama -a los primeros amores, digo- “estados de martirio” y a mí
me da la risa. Un día, en una playa del Norte (sin espetos, con
gaviotas atentas al ataque de cuellos vírgenes desprevenidos), J.
reflexionaba a lo Pla: “¿No crees que es mucho más relevante el
último amor que el primero, y que sin embargo nadie le da
importancia?”. Poca literatura, desde luego (“El amor en los
tiempos del cólera” le devuelve su dignidad, subido a una barcaza.
Dos cuerpos arrugados, dos corazones en llamas).
entrevistaba, famosa por sus vaivenes amorosos y por plantar cara a
prejuicios y bagatelas convencionales, que si cada hombre preparaba
el camino al siguiente. La cuestión la pilló descolocada. Recuerdo
la escena, ambas en el restaurante del Casino de Santander. Ella
alta, rotunda y envuelta en un vestido de estampado animal print, el
rimmel alargando al infinito sus pestañas. Yo a punto de enfermar tras una
insolación. Su vaso de vino blanco, siempre con hielo: “Uff, te
diría que sí. Puede que sí. Estoy segura”. Ella se había casado
con un noble, luego con un empresario del arte, después con un
desalmado y en ese momento estaba con un chicarrón del norte mucho
más joven, al que plantaría meses después. Digamos que todo
corazón y músculo, por no ser faltona (que las nucas despejadas las
carga el diablo). Aún faltaba por llegar el rico chatarrero para
volver -sola- a la casilla de salida. De este último leí tiempo
después que había sido “el amor de su vida”. Me hizo cierta gracia, no
dudé de sus palabras.
todo, la alegría. Eso venía a decir la mujer, que es una abuela
tapizada de leopardo en sus forros y no renuncia al sexo. Tiene el
último la fuerza triunfante de la comparación, el oleaje bravo que se lleva
las ondas. Es menos alocado, o no tiene porqué, y se urde en
silencio. Es tan real que deja conciliar el sueño, y tan ensoñador
que no abandona en la vigilia.
siempre un ser inverosímil”, dice Pla. Y sin embargo, admirado
Josep, qué necesario es ese sarpullido para ir abriendo terreno a
los amores sucesivos. La del enamorado primerizo, escribes tú, “es
una lucha típicamente heroica: es la lucha que una persona que no
tiene nada que decir ha de realizar para decir alguna cosa”.
la ha dejado su pareja de hace más de diez años, y una niña,
apenas, a quien quiero como a mis hijas, ha abandonado a su amor
(casi el primero). A la primera me escuché decirle: “Te ha hecho
un favor, ya verás como sí cuando pase el lamento”. Sé que este
hombre, importante, ha dejado cosecha que alumbrará el camino. A la
otra, la niña, le dije que la pena se come con patatas, pero un día
despiertas y notas que no pesa. Que habrá otros hombres y otros
nichos, hasta llegar al Hombre. Y así se ha escrito el Mundo. Y así
duele.