El hombre llega a la playa. Contempla inmóvil el batir plata del agua al amanecer. Casi en trance, se va quitando la ropa y emprende lento camino hacia la orilla, como si fuera a bautizarse en un ritual sagrado sin más testigos que dos mujeres que lo observan, desde dentro, braceando despacio para sentir las olas tímidas y el primer rayo del sol sobre la cara hecha sal.

-Esta playa es un poema. Un regalo en el camino.

El hombre en realidad es un ¿joven? de unos cuarenta años (está claro que las barreras de la juventud se mueven según cumplimos años. Mi tía de ochenta llama “chicas” a sus coetáneas). Se acerca a las sirenas madrugadoras y torpes y les cuenta que está haciendo el camino de Santiago desde Irún, pero que vive en Valencia.

-Ah, nosotras tenemos una amiga en Valencia, nos gusta ir allá. Si no fuera por los petardos y por Calatrava…
-Pues yo trabajo en la Ciudad de las Artes, soy músico, violoncelista, informa él.
-Uf, creí que ibas a decir que eras pariente de Santiago Calatrava... resoplo aliviada.
-Debería haberlo hecho, sí, por ver tu cara.

A un peregrino se le hacen invariablemente las mismas preguntas. Que si desde dónde vienes, que cuántos kilómetros recorres a diario y blablabla. Pero nuestro hombre está aún enganchado a esa playa, “un regalo en el camino”, y dice que le inspira algo como la ópera Orfeo, de Monteverdi.

-¿Pero Orfeo con Eurídice o en solitario?, inquiero
-Orfeo solo, con Eurídice es de Gluck.
-Ah, ya…

Orfeo y Eurídice

Hablar de ópera con un violoncelista en la orilla de una de las playas más bellas del mundo, poco después de amanecer, tiene algo de extraordinario que te impulsa a querer tirar del hilo, a improvisar un aria lastimosa como las historias que sugieren las rocas puntiagudas que enmarcan a ese agua aparentemente en calma que te empuja hacia un acantilado tenebroso, y te obliga a nadar a contrapelo. (Orfeo desciende al Hades a buscar a su amada muerta por el mordisco de una serpiente. Los dioses le han concedido esta gracia a cambio de que no mire a su esposa hasta salir a los rayos del sol, pero él desobedece y se condena)

-También, prosigue el peregrino, me imagino a Caronte llevando y trayendo almas en su barca.
-Cierto, doblaría por aquella roca mientras suena la obertura de Orfeo y la orquesta se sacude las mangas de sus fracs empapados por un golpe de agua. Y el tenor sube a su máximo tono y la mezzo lo envuelve con su voz de algas.

El baño toca a su fin y el peregrino se viste con calma. Lleva una mochila tan pequeña que cuesta adivinar su contenido exiguo. ¿Cepillo de dientes, una muda y una partitura de Gluck? Se despide con un gesto de hasta pronto y justo antes de emprender camino dice: “No voy a preguntaros vuestros nombres. Para mí sois las sirenas de B.”

Las sirenas dicen adios con piel de gallina y prosiguen su camino en La mayor. Atrás queda el batir de olas y una carcajada siniestra de los demonios que saben que se acaban de cobrar tres almas para la eternidad.  Y que mucho tardarán en bajar al Hades a rescatarlas.