Mi queridida Big-Bang:
El masajista es un calvo estilo hierbas que habla muy bajito y mira a los ojos para evitar mirar a otra parte. “Decúbrase y póngase boca abajo. ¿Le han dado el deshechable?” . Y yo, en mi tono normal: ¿Quéeeeee?. El deshechable. O sea, esa especie de taparrabos de papel que te arranca toda la dignidad de una sentada. “Ah, sí, aquí lo tengo” (señalando absurdamente al lugar que él no iba a mirar, por recato profesional y porque los hierbas han domesticado sus impulsos y sólo se ponen cachondillos con el tofu y las enseñanzas de Osho). “Bien, voy a trabajar su cuerpo con piedras y aceites calientes”. Y yo: “trabaje, trabaje…”
Una vez me enamoré de un masajista que hablaba con las manos. Yo era la envidia de mis amigas y,especialmente, de mis amigos gays: “masajista y motero, eres una asquerosa y una acaparadora, bonita. Pásanoslo un rato y verás qué partidazo le sacamos a ese pedazo de hombre”. El pobre A. era la fantasía sexual de buena parte de mi entorno, y llegó un momento en que no lo pude soportar. ¿A qué se dedica tu novio?. “A instalar mamparas en las duchas y saneamientos si procede y no hay que hacer rozas ni encofrados”. Nada más disuasorio de la albañileria de poca monta. Dejaban de tener curiosidad ipso facto.
Las manos del calvo trepan por una pierna, se detienen. Echa el aceite caliente. Huele a almendra amarga. ¿Eso que me has puesto es hipoalergénico?, pregunto. “Shhhhhhhh, descuide”. “Si no es por interrumpirle. Es que como no lo sea me van a salir unas ronchas del carajo y lo mismo terminamos usted y yo en urgencias recitando mantras con unos cuencos tibetanos”. “Relájese, que buena falta le hace”, murmura respirando fuerte.
Si hay algo que no soportamos las alteradas es que nos recuerden que nos tenemos que relajar. Eso y que nos toque un masajista de los de mano flácida que, en lugar de amasarnos lo que viene siendo la musculatura basal con sus manazas, nos haga un simulacro de caricia tibia empapada en líquido tibio. La tibieza, en todas sus manifestaciones, es altamente desquiciante. “Dele fuerte, tronko”, se me escapa. Y él , sin pestañear: “este es un masaje holístico para abrir sus chakras y no es necesario que lo hagamos con más fuerza”. “Y tú eres un suave que me está poniendo frenética, y por dios cambia esa musiquilla de aves que los graznidos son insoportables y parecen del Parque Jurásico. Tengo la sensación que en cualquier momento se me va a abalanzar un tiranosaurius rex y me va a merendar sin contemplaciones”. El calvo sonríe con tensión, el jodío. Parece que Osho no te prepara contra las listillas de piel sensible y ego hipersensible.
No dirás que no lo he intentado. Pero cambiar las pastillacas por un masaje holístico ha sido un error. Donde esté la alquimia que se quite el ohmmmm y donde esté un motero que se quiten los calvos suaves. Soy vulgar, lo reconozco, y es la última vez que me humillan con un tanga de papel azul petróleo y una banda sonora que no sea de Led Zeppelin o Amy Winehouse. Lo único que he sacado en claro de mi experiencia es que puedo estar quieta y reducida sobre una camilla 55 minutos, y que la próxima vez buscaré en el menú el masaje masoca. Ese que te pone en órbita a base de romperte las costillas. Necesito un calvo quebrantahuesos ya! A ser posible, que domine la albañilería básica.