Domenico Scarlatti tuvo un padre que también fue compositor, Alessandro, pero la gloria del primero devoró al segundo y el otro día fui a escuchar El Martirio de Santa Teodosia a un auditorio hipertrófico para un pueblo dando por hecho, en mi ignorancia, que se trataba de una pieza desconocida del hijo. Pero era un oratorio (desconocidísimo para mí) de su desgraciado padre.
Imagino que el hecho de que tu hijo te borre del mapa es más llevadero que lo contrario. Todos conocemos vástagos de genios que se han pasado la vida de diván en diván, tratando de encontrar su identidad maltrecha.
-¿Es lacaniano?, quiere saber él. Un hombre marcado por su padre, brillante, suponemos, como su padre.
-Lo ignoro, no me lo cuenta.
-¿Te tumba en el diván?
-Hay un diván, pero no lo usa. Un día le pregunté si estaba de adorno. Respondió: “El diván nunca es arbitrario”.
-Ya…¿Pero habla durante la sesión?
-Apenas.
-Pues ni no habla, es lacaniano.
Alessandro Scarlatti |
El Martirio de Santa Teodosia va a comenzar y salen al escenario soprano, tenor, contratenor y director, ataviado este último con una camisa de falsa seda roja brillante y muy tiesa, donde sobreviven las marcas de cada pliegue. Se diría que acaba de sacarla de la caja y, tras quitarle los alfileres -nunca entendí por qué las camisas nuevas llevan tantos– se la ha puesto sin planchar en su gigantesca humanidad.
A mi lado, dos señoras gordas y satisfechas de sí mismas comentan lo que pagan de gastos de comunidad de propietarios y también que han robado en su urbanización. “Un hombre muy alto y rubio, extranjero…” Y cuando dicen “extranjero” componen un cierto mohín de menosprecio. Me molestan. Me fastidia esperar que arranque el primer acorde barroco entre charlas tan mundanas y un olor a perfume tan invasivo como sus carnes.
El concierto, debo reconocerlo, no es gran cosa. Y dudo que tenga que ver con la escasez de talento de Scarlatti padre. La soprano hace lo que puede, pero al contratenor, el pobre, resulta sobreactuado y hueco. Y, lo que es peor, se parece a José Mota en pleno histrión, lo que hará que me ría cada vez que le toca cantar. Las gordas me miran de reojo con reprobación. Al menos yo no hablo del recibo de la luz ni hago ascos a los extranjeros.
Por la noche me encuentro con el regalo de un magnífico documental en la 2 “El tren de la memoria” http://www.rtve.es/alacarta/videos/version-espanola/version-espanola-tren-memoria/614057/. Habla de los emigrantes que marcharon a Alemania. No hay voz en off, sólo las voces de ellos, que relatan sus miserias desde el presente mientras se muestran imágenes del pasado. Los pisos abarrotados de familias donde la intimidad es una cortina entre matrimonios, las horas a destajo para mandar un poco más de dinero a España. El frío, las enfermedades, los dedos cortados por una máquina en la fábrica…Las primeras organizaciones solidarias, las protestas antifranquistas en la calle…Y como cuando Alemania sucumbe a la crisis del petróleo el inmigrante, que tan necesario había sido, empieza a ser mirado con sospecha. Exactamente como hoy, pero al revés.
Los hijos no aprendemos demasiado de los padres, me temo. Algunos, como Domenico Scarlatti, los superan y rozan el prodigio. Otros asumen el legado del miedo y calcan el desprecio, la desconfianza, la sospecha… Pienso que los padres somos contaminantes para los hijos. Seres tóxicos que podemos condenarlos al diván de por vida. Pero eso nadie lo contempla cuando decide tenerlos, como tampoco se plantea qué hará si el hijo lo supera en talento. Hay un tabú que impide hablar de la envidia de los padres hacia los hijos. Pero es real y doloroso para ambos.
Por mi parte, espero que mis chukis me superen, pero no garantizo que en el camino no vaya a sentir algún pellizco ambiguo en el corazón. Y entonces, presa de culpa, buscaré a un lacaniano mudo que me escuche y me dé su bendición. Y de fondo sonará una cantata de Alessandro Scarlatti, maestro de capilla del virrey de Nápoles y padre de una ópera llamada “Acércate acá, traidor”. Elocuente. Muy elocuente.