El tiempo del desdén llegó salvaje y manirroto.

No porque estuviera marcado así en el calendario. En realidad era, es, un comodín, un arma de destrucción pasiva.

La mujer o el hombre que piensan ejecutarlo deben concentrarse bien frente al espejo. El desdén es escurridizo. Si te pasas un pelo, deviene mueca. Si no llegas, mohín.

De toda la vida he desdeñado a los desdeñosos. Los “caras de asco”, para entendernos. No tanto por su carga devaluante sino por esa mirada burlona que acompaña el gesto. Si estaba bien hecha, podría parecer menosprecio. Más elegante, refinado y discreto. El menosprecio es al desdén lo que la ironía al sarcasmo.

Convengamos que ser zafio y sarcástico puede considerarse imperdonable. Si añadimos “dramático”  a la lista de calificativos, el cuadro es una imitación de Jackson Pollock, una pota de colores sobre lienzo blanco. Pero eso mismo en ironía hubiera devenido una obra más sutil, menos provocadora, ¿más honda?.

La provocación per sé me parece de impotentes. Crear a escupitajos siempre sorprende, aunque a la tercera da asco. Y de ahí al desdén hay un paso corto. “Bueno, lo que en realidad quería contar…” diría el autor con voz afectada. Pues si tienes que explicarlo lo mismo no lo has hecho bien, tronco.

Noche del miércoles. Maria Joao Pirés, pelo cortísimo, piel apenas maquillada, falda larga, blusa ancha y volandera, salió al escenario, saludó brevemente y se subió a lomos de Mozart. Sus dedos corrían frenéticos por las teclas del piano. Ninguna extravagancia, ningún exceso. El rapto del talento. Terminó, se puso en pie y la ovación parecía asustarla.

Tuvo que salir tres veces. Recibió sus flores entre bravos.

Los grandes no desdeñan. Agradecen y se retiran como en un fundido en negro.