Mi querida Big-Bang;
Virginia Galvin
La vida en 5 minutosAnoche me comí un pomelo sin hacer muecas. Es una de las pruebas a las que someto periódicamente a mi organismo para comprobar si siguen en forma los reflejos que me importan. Otras son hacer equilibrios sobre la bici por una acera empedrada, pintarme el ojo mientras le doy al brushing, escuchar a cierto expresidente salvapatrias decir que la nuestra está intervenida, a ver si con suerte los mercados le escuchan y pegan la estampida, mientras me enjareto las pastillacas de la noche, y contar de seis en seis, hacia atrás y en inglés.
Ser de colegio de monjas te predispone al sufrimiento resignado. O a otros bajos instintos. Mi amiga A-2 confesó el otro día, urbi et orbi, haber robado una biblia de la iglesia mientras hacía cola en el confesionario. J, que es un modernillo transgresor, aprovechó para decir que de joven se hacía los porros con las hojas de la biblia familiar, y en ese in crescendo estuve a punto de contar que yo también me esnifé a mi abuela, pero como soy de cole de monjas me contuve, que luego hay que confesarse.
Lo de contarle a un oscura (así los llamaba mi adolescente cuando aún leía la biblia) los pecados siempre fue un trauma. Me parece mucho más práctica la técnica protestante, más de película del Oeste: solos dios y tú. Si A-2 hubiese contado lo del hurto a un cura, fijo que aún estaría murmurando padresnuestros en penitencia. Pero confesárselo al director, no a una sucursal, le hubiera allanado el camino del arrepentimiento y hoy no necesitaría hacer un outing social para quitarse ese peso de la conciencia.
La conciencia es un engrudo que se va endureciendo con el paso de los años. Un día te descubres falto de reflejos y entonces arrancas la costra, sangras y todo vuelve a su sitio. Yo mangué un paquete de galletas para hacerme la chulita con la panda y aún recuerdo el sonrojo cuando me pillaron. También hice unas pellas en un parque y sufrí lo indecible hasta que llegó la hora de volver a casa, cabizbaja y preguntándome por qué algunos nacemos con reflejos transgresores tan escasos.
De ahí que coma pomelos sin hacer muecas, mientras miro de reojo la biblia que me regalaron el día que me casé y que no devolví con el divorcio. Lo que se da no se quita, Santa Rita, Rita, Rita, decíamos metiéndonos el cromo en el baby del colegio. Y A-2 se relamía de gusto pensando que su botín bíblico era inmensamente mejor. Tanto, que aún hoy no se ha deshecho de él. ¿Milagroooooo?