No entiendo que el certamen de Miss esté tan desprestigiado y el desfile de Victoria Secret sea un espectáculo tan cool y de alcance mundial.

La única diferencia entre uno y otro es que las primeras llevan banda acrílica de reina y bañador trasnochado  y las churris de Victoria alas, ligueros y abundante pedrería en las braguitas.

Ser miss es una plataforma de lanzamiento que a veces se convierte en catapulta. Ser ángel una vitrina rutilante de deseo que no desdeñan ni las diosas consagradas de la  pasarela.

A una miss te la imaginas de provincias. Una chica mona y ambiciosa que entiende el concurso como un atajo hacia sus sueños.  El ángel parece llegar directamente de París o de Hong Kong, volando ingrávida y sin que se le altere el maquillaje o el peinado.

No tengo nada contra la belleza como herramienta, pero noto que llevo varios días contrariada con la noticia reincidente del desfile alado. Esas chicas ambiciosas deben estar muy convencidas de lo que viste en un currículum haberse despelotado con glamour mientras el público VIP  aplaudía. Una miss, una jamona de las de mi época, era más del gusto vulgaris. Para todos los públicos y gremios. No hacía falta demasiada imaginación para saber que antes de iniciar su carrerón se habían puesto hasta arriba de cocidos y guisos con patatas, como todas.

Un ángel de Victoria borra cualquier huella turbia del pasado, incluida la gastronómica. Ella nació desayunando muesli y su menú básico a mediodía es sushi o algas con soja.

Desde el punto de vista sentimental, una y otra son absolutamente opuestas. La miss siempre tenía un novio que regentaba una gasolinera o un negocio de hostelería, y al pobre las teles lo hostigaban con esa pregunta tan inevitable como original: “¿No tiene usted celos cuando ve que todos los hombres desean a su chica?”. Y el tipo, según el guión, debía decir que no, pero le tocaba un pie tanta lujuria tan cerca de casa. Y hubo muchos cuernos y abundante descalabro amoroso a cuenta del triunfo, hasta que un día las misses decidieron jurar por sus muertos que eran libres, y que “no tenían tiempo para novios”.

Las chicas de Victoria pueden estar casadas con una figura del deporte, por ejemplo, o un actor como Orlando Bloom, que aplaude desde el front raw con esa mirada segura del macho dominante en la llanura del Serengueti. Vienen a decir “como te acerques a mi chica te rompo sus alas en la cara“. Lo que no quiere decir que no disfruten con la excitación de los otros machos, esos que tendrán que conformarse con fantasear cuando lleguen a sus tristes casas y sus novias no los reciban precisamente en sujetador de lentejuelas.

Una miss puede leer a Proust pero parece más de “Los Pilares de la Tierra” (lo digo porque ya confesé que leí a Follet en mi adolescencia de prueba y error y  para que no me llamen clasista). Un ángel no necesita leer ni probar su agudeza intelectual. Basta con que recite la lista de los diseñadores de marcas nichos sin vacilar.  Con la primera la prensa se cebaba para lograr titulares capciosos o directamente sonrojantes. A las de Victoria se las deja bien tranquilas en su cultura o incultura. Son diosas, tanto da.

Así que me temo que simpatizo más con miss Murcia que con esa española llamada Blanca Padilla que se prepara con fruición para calzarse sus primeras alas de plumas. Sus primeras bragas con flecos dorados. Su primer sostén con brillantes. Sus futuros contratos con firmas de lujo.

Vas en bragas, nena. Y se trata de poner cachondo al respetable, válgame la vulgaridad, como una estrategia comercial que hará que vendan mucho a miles de chicas cuyos cuerpos no están para exhibir en una pasarela, pero ¿qué más da?