El elefante es el símbolo de la grandeza selvática. Un animal que ha conseguido pasar a nuestro imaginario por su nobleza y no por su peligrosidad. Los bichos que caminan despacio nunca parecen una amenaza, se me ocurre. Con las personas pasa a veces lo mismo. Las lentas de palabra y de obra no nos ponen en guardia, en todo caso nos exasperan.
Pero hablaba de elefantes abatidos. De esos trofeos de caza junto a los que los cazadores se hacen fotos para demostrar su hombría: “He matado un elefante”.
Corren malos tiempos para la monarquía. “He matado a un rey”, parece decir el animal que se deja hacer, ya muerto, la foto de la barbarie. Dicen que cada pieza en esas cacerías cuesta 36.000 euros. El Rey, a los españoles, nos cuesta un poquito más, y eso le da para matar osos o para un Libro de la Selva completo mientras los niños españoles recortan siluetas de Dumbo y las cuelgan en el mural del colegio.
El Rey, por cierto, también camina despacio y tiene un concurso anual donde los niños responden al reto de “¿Qué es para ti un Rey?. Pues ya tienen la respuesta: un señor que caza bichos muy grandes y posa con sus cadáveres y la escopeta en ristre.
Debo confesar que nunca he sido activista de PETA ni de ninguna protectora de animales. También que siempre me han parecido un poco mamarrachas esas performances de hombres y mujeres en pelotas con sangre de mentira sobre sus cuerpos para protestar contra los abrigos de visón y de otras especies. Pero creo que debo revisitar (ese verbo tan resobado hoy) mis reacciones. El espectáculo de la monarquía con el animal muerto me ha encogido el estómago. Porque al no pretender el efectismo, sino el testimonio simple de una ¿hazaña?, produce en mí un efecto estomagante.
Un señor que mata un elefante y se excita es un bárbaro. Luego paga 36.000 euros de mierda, con perdón, y pega en su álbum la foto para repetir la excitación mostrándola al mundo, a los nietos. Esos niños que ya siguen sus pasos y pegan tiros en los pies -propios, por el momento, pero todo se andará-.
“El Cazador” (Michael Cimino, 1978) es una película brutal que no he olvidado y a la que me cuesta volver por su violencia extrema. Por la maestría con la que habla del salvaje que llevamos dentro; y de lo fácil que puede ser matar. Y el contrapunto al drama es esa prodigiosa banda sonora que parece distraerte del horror que vas a ver a continuación. “Can´t take my eyes of you”. El paroxismo llega en esa secuencia que nos muestra a Cristopher Walken ganándose la vida como jugador de ruleta rusa. Aún no he conseguido verlo sin ponerme una mano delante como los niños.
Y entonces pienso que el rey, sin saberlo, está jugando a la ruleta rusa. Y que a la monarquía le queda un tiro sin bala menos en la recámara.