Cuestión previa: ¿Es mala señal cenarse dos latas de mejillones y una cerveza Coronita? 

El último hombre que me soltó el sujetador fue mi fisio. Lo hace siempre limpiamente, sin posar siquiera las yemas de los dedos sobre la espalda. Con un escrúpulo digno del cirujano de sor Citroen. Luego, con el campo de operaciones despejado, transita por mi espalda buscando nudos, contranudos y meandros de furia que han cristalizado cual diamantes y que él amasa con desafectado sadismo. Terminada la faena vuelve a abrocharme mirando fijo a un presunto más allá, como si en vez de carne divisara espíritu encarnado en pecadora militante.

Y entonces le confieso lo de los mejillones. “No parece una dieta muy sana, verdad?. ¿lo haces a menudo?”

-No. Sólo cuando las chukis están fuera, hay marejada en mi cabeza y no tengo que dar ejemplo. Ese día en el que voy dejando vasos usados por la casa, estiro la cama en vez de hacerla y lleno la mesa de revistas, facturas y cartas del banco. El collage de la desesperación.

Un fisioterapeuta es un ser que te maltrata y encima le das las gracias. Pero eso no implica que puedas obligarle a escuchar tus excentricidades de mujer salvaje que tira de latas cuando no tira de diván. El hombre ha quitado demasiados sujetadores sin pasión como para detectar cuándo vas a ponerle en un brete. Una tautología. Una metáfora de triple bucle. Y, sobre todo, una pregunta peregrina.

-¿Qué piensas de alguien que cena latas de mejillones? (obsérvese la tercera persona. A fin de cuentas la moda la inició mi amiga C., que empieza a tener un sospechoso tono anaranjado en el cutis).
-¿Qué clase de mejillones?, responde él, como si importara mucho.
-En escabeche, pero de los buenos. De esos gigantes y jugosos que te llenan la boca de grasa colorida.
-Ay, sí, qué ricos…Yo solía tomarlos en un bar de la calle Cea Bermúdez.

Un tipo que te suelta el sujetador no debería ser tan insensible. Entiendo que a las siete de la tarde tire más la gastronomía que los grandes dilemas de la humanidad, pero de haberlo sabido hubiera quedado con el Comidista (http://blogs.elpais.com/el-comidista/), del que soy fan, y le hubiera confesado que nunca ensayo sus recetas sino que utilizo a mis invitados de cobayas. Y hasta ahora nadie se ha quejado.

Anoto en mi libreta: “Preguntar a Mikel López Iturriaga recetas con mejillones en escabeche”.

Después, rabiosa y desairada, levanto medio cuerpo de la camilla como una cobra y me ajusto el sujetador yo solita, mientras mi hombre se lava las manos con el mismo escrúpulo que si las hubiera metido en un charco naranja y denso.