En vacaciones, los amigos siempre se quedan de guardia.

“Como medida de supervivencia se me ocurre que introspecciones poco y dejes fluir con naturalidad las cosas”, me escribe J., conocedor de mis atascos argumentales y de los otros y tan sagaz que cuando debo mirar a un punto en el horizonte le pido que lo haga por mí. Los ex miopes operados con malévolo láser seguimos llevando un miope dentro, igual que los que crecieron gordos siguen viéndose las carnes en pliegue aunque ya no existan. La miopía es un estado de ánimo, diría. Una desafección por los contornos de la realidad que te condena a imaginar historias fuera de foco.

¿Con quién hemos quedado hoy, mamá?, preguntan mis tres hijas cada día, convencidas de que nuestra trepidante vida social en tierra de vacas no conoce diletancia. Trato de incorporarlas a la religión cantábrica de las olas y el silencio, pero con escasos resultados. Se han acostumbrado a las caminatas en grupo, las toallas compartidas y esas noches de sidra y calor donde no nos quitamos el jersey pero los amigos lanzan chispas y nos acogen en torno a una mesa donde se habla de todo y para todas las edades, y los niños más pequeños van tronchándose sobre el regazo de los padres: “Vamos, que se nos ha hecho tarde”.

Lo mejor del verano, lo mejor del invierno, es no necesitar grandes planes para pasarlo bien. Yo en todo caso podría desear un rato extra a solas que no implicara madrugones. La ventaja de madrugar es que colecciono amaneceres de todos los colores. El prado y las montañas al fondo me regalan cada día un relieve distinto iluminado por la mano experta del dios de las nubes. Contemplándolo me asaltan impulsos de quedarme para siempre, como corresponsal en un periódico muy local donde escribir crónicas redichas de fiestas populares, natalicios y defunciones. La elección de una Miss sinuosa de curvas y palabras. El horóscopo, si me apuras…

El urbanita clásico siempre alberga esas fantasías escapistas y luego se mete a buscar la programación de Otoño del Reina Sofía o de la Juan March. Y mientras escribo esto me doy cuenta de que el fantasma del regreso empieza a apoderarse de mi cuerpo. Miro la despensa y calculo cómo y cuándo daré salida a las viandas. Miro el cesto de la ropa y pongo tres o cuatro lavadoras mentales. Miro el teclado e imagino una conexión rápida en un lugar cerrado y sin ovejas al alcance de mi vista. Me miro en el espejo y calculo que en breve visitaré a mi peluquera María para que ponga orden y concierto a estas greñas castigadas de sal y me regale alguna de sus frases entre tijeretazo y mecha: “Yo estoy cansada de entregarme, debo vivir para mí” fue su última melancolía antes de despedirnos. Y luego soltó una de sus carcajadas de cristal y nos besamos.

Paro ya, debo introspeccionar poco y dejarme llevar estos días como si no tuvieran fin. Los amigos velan armas y no se me ocurre un solo motivo para la inquietud ni la desdicha. Toca calzarse las zapatillas y conquistar un camino acantilado con su playa tenebrosa. Y regresar a casa, más me vale, con la programación del día bien definida o las chukis revolotearán como moscas ansiosas de miel y de destino.