La taxista es flaca, ojerosa y rubia con raíces muy oscuras. De mediana edad. Lleva gafas y un jersey fucsia de cuello vuelto lleno de bolas.
Me dice que su cuñada ha sufrido un ataque de ansiedad anteayer. “En su empresa echan a dos o tres cada viernes. Es teleoperadora. Han avisado a los diez que quedan que de aquí a fin de año sólo podrán ser cinco en el equipo”. Su marido trabaja en la Renault: “Cada vez que anuncian la visita de los franceses se va descompuesto a la fábrica. Sabe que están planteándose desmantelarla para producir fuera más barato”.
Pienso en “Diez negritos”, de Agatha Christie. Esa novelita a la que vuelvo de cuando en cuando. El síndrome diez negritos es tan actual como el resto de la literatura de esa mujer fascinante que confundió al sagaz Hércules Poirot aquella noche de bruma y puñaladas a bordo del Orient Express.
Imagino lo que debe ser levantarse cada viernes, elegir cuidadosamente la ropa para el posible sepelio de uno mismo, salir a la calle con paso lento, notar cómo el estómago y las rodillas tiemblan desbocados al acercarse al portal, subir a la oficina, mirar de reojo el despacho del jefe y pasar, ahora sí, como una exhalación rumbo a la mesa compartida donde te espera un teléfono y puede que un sobre cerrado con la noticia del despido.
Son esos terrores cotidianos que se han ido incorporando a nuestra vida. El miedo a desdibujarse, a perder esa parte de uno que tiene que ver con el trabajo. El miedo a no cobrar a fin de mes. A no volver a levantarse y elegir la ropa.
Mi amiga M. es licenciada y la vida la ha llevado a trabajar en un taller mecánico. Cada viernes, como cada lunes, arrastra su dignidad, intacta, y se emplea en clasificar facturas y cobros con la concentración de un ingeniero nuclear. Sabe que necesita el trabajo, así que sólo a veces se permite pensar “¿qué estoy haciendo yo en este antro, rodeada de mecánicos de veinticinco años que hablan de tetas y culos?”. A veces fantasea con que la echan y deja de oler a neumático y a grasa. Pero enseguida desecha el pensamiento y atiende a cada cliente con su mejor sonrisa.
Lo peor de esta crisis es que el miedo se nos ha colado en los huesos. Y eso bloquea nuestra rebeldía, nuestra capacidad de proyectarnos, de hacer planes.
El mecánico de coches, por cierto, no es siempre lo que cuenta el cliché. El otro día llevé mi coche al taller y me recibió un empleado uniformado, con esa sonrisa de manual del buen comercial: “Señorita, siéntese en ese silloncillo que la atendemos en un periquetillo”. Mr. Diminutivos tenía los dientes grandes y el pelo peinado hacia atrás, y miraba con ese aire de seductor de señoras poco acostumbradas al piropo. Pretendía que ambos nos colocáramos bajo las tripas del coche para explicarme lo que le iban a hacer. “Es parte del protocolo, verá”.
-Pues tengo prisa como para hacer numeritos con usted entre las ruedas.
-Es que nos obligan a hacerlo y no quiero perder mi trabajillo…
En ocasiones el miedo te lleva a situaciones de chiste. Entonces te acuerdas de la cuñada de la taxista, de tu amiga la del taller, y sonríes a Mr Diminutivos y le dices: “No se preocupe, que cuando me llamen los del controlcillo del calidad les diré que hemos hecho de todo en los bajos del cochecillo”.
Diez negritos salieron a cenar;
Uno se asfixió y entonces quedaron Nueve.
Nueve negritos estuvieron despiertos hasta muy tarde; Uno se quedó dormido y entonces quedaron Ocho.
Ocho negritos viajaron por Devon. Uno dijo que se quedaría allí y entonces quedaron Siete.
Siete negritos cortaron leña; Uno de ellos se cortó en dos mitades y entonces quedaron Seis.
Seis negritos jugaron con una colmena; Una abeja picó a uno de ellos y entonces quedaron Cinco.
Cinco negritos hicieron la carrera de Leyes; Uno se hizo magistrado y entonces quedaron Cuatro.
Cuatro negritos fueron al mar; Un arenque rojo se tragó a uno y entonces quedaron Tres.
Tres negritos se pasearon por el zoo; Un gran oso mató a uno de ellos y entonces quedaron Dos.
Dos negritos se sentaron al sol; Uno de ellos se tostó y sólo quedó Uno.
Un negrito quedó sólo. Se ahorcó y no quedó…
¡Ninguno!”.