Mi querida Big-Bang:

Me aterra conducir con granizo. Cada vez que me escapo con el ánimo de reconstruirme me cae por el camino el diluvio universal. Es una maldición. Anoche volvió a pasar. Íbamos J. y yo directos hacia la tormenta. “Mira, allí debe estar sobreviniendo el fin del mundo”, me anunció. Y yo que si conduzco no pienso, seguí apretando el acelerador, como George Clooney, con determinación hacia la madre de todas las tormentas. Cayó un pedrusco sobre el coche. El anuncio de lo que vendría después.

Me aterra conducir bajo un pedregal que borra las líneas de la carretera y convierte en cristal del coche en una plañidera histérica. Me aterra conducir cinco horas cuando iban a ser tres.

Lo mejor fue parar en una gasolinera-bar de esas con puticlub adosado. El Oasis. Un lupanar con neón de palmera y un elefante sonriente. “Que no, que es una pareja, ¿no lo ves?”, me corrigió J. Un elefante me parece poco libidinoso a pesar del chorro y de la trompa y un puticlub junto a un bar de carretera el paraíso para descansar del granizo en brazos de una mulata, tal vez. Cariñosa y acostumbrada a calmar los riñones exhaustos de los camioneros.

Pero en su lugar nos conformamos con la camarera del bar. Gabriela. Una mujer del Este que parecía haberse tragado un sable y parte de otro. Seria, puteada e inaccesible a las babas de los clientes, a los que odiaba sin disimulo. “Me pone una tortilla francesa…”, le pedí con cara de: “Soy tía y te comprendo. Esos de ahí son unos cerdos que deberían haber entrado en El Oasis, pero se han quedado escorados en tu barra y esperan la misma comprensión y cariño. Aplacar su celo con un bocadillo de calamares”. Ella, gélida, se dirigió a por los huevos, que batió con energía y cara de perro, para lanzarlos a la plancha y seguir a lo suyo, el desdén y la furia.

“Seguro que es la que más curra y la que menos cobra”, apuntó J., que es sociólogo y ejerce mayormente en los antros y cuando graniza. Lo clavó, porque la mujer dejó mis huevos al albur de una plancha que hervía, mientras yo observaba cómo mi tortilla alcanzaba el punto de calcinación sin que ella mirase ni de reojo. La venganza de la camarera, un clásico junto a la venganza del camarero, ése que se mea en tu ensalada si le pusiste mala cara en los previos.

Tras la tormenta, proseguimos el viaje, dejando a Gabriela tiritando con muchos hombres feos a su alrededor. “Di adiós a La Parada de los Monstruos”, sentenció J. justo cuando hacía su entrada un tipo siniestro con aspecto de buscar alguna sustancia prohibida. En el coche sólo había una opción: Escuchar a Antonio Vega y su Lucha de Gigantes http://youtu.be/VpFrTfx15Ncmientras despedíamos con la mirada a las chicas de El Oasis. Uno de esos lugares tristes donde los hombres se refugian de sí mismos cuando graniza y las Gabrielas les ponen mala cara.

A veces, solo a veces, una no tiene ganas de llegar a su destino. Bukowski se habría puesto las botas.