Francis Bacon

-Estáis muy locas con eso del alcohol y las drogas. Te pueden volver más interesante. Mira Bukowski
-¿Y la cirrosis?
-Bueno, sí… Eso es circunstancial. 
(Fragmento de conversación de un jueves tarde)

Leo que un grupo de científicos ha identificado la anhedonia musical, o incapacidad de sentir placer o emoción con una melodía. Al parecer, los que sufren esa amputación emocional son capaces de vibrar con otros estímulos, por ejemplo el dinero.

A mí el dinero no me produce estremecimiento alguno, pero el Preludio de la suite para cello Nº 1  me puede arreglar una mala noche. En general, miro con sospecha a quienes no disfrutan de Bach, y también a quienes hablan demasiado de cifras sin poesía. Sin embargo, entiendo que uno no esté para sonatas o fugas cuando su cuenta bancaria languidece entre rescoldos de números rojos.

La capacidad de estremecerse no es democrática. Ayer hablaba con L. de alguien que me preocupa porque no manifiesta pasión alguna por nada. Ni el cine, ni el deporte, ni la moda, ni los bichos, ni los hombres, ni el petit point… ¿Y si cae en una depresión? ¿Y si se pasa la vida sin haber experimentado esa sensación sublime de ser arrastrado por algo magnífico que te envuelve y se apodera? L. me miró y me dijo con suma delicadeza: “Creo que no deberías medir a los demás desde tu experiencia. No todo el mundo es capaz de disfrutar con un palo, y eso no nos convierte en desgraciados”.

Agradecí mucho su comentario y me dio qué pensar. Me di cuenta de por qué sospecho de los desapasionados.  Por miedo a contagiarme de su laconismo vital. Y me pareció una versión refinada de intolerancia que debo hacerme mirar.

Luego me sumergí en un torrente magnífico de pasión ajena, y sin embargo absolutamente contagiosa:

“El toreo es un cuadro de Francis Bacon. Una belleza implacable
desgarrada por un viento mortífero. Es el ultimo bastión de los
románticos. Una magnífica salvajada capaz de ponernos de rodillas,
devotos de una emoción sublime. Y es justamente porque no es algo
explicable, ni razonable, ni siquiera sensato, que tiene un valor fuera
del tiempo”. 

Ayer la fotógrafa Josephine Douet me emocionó con un texto escrito por ella que describía magistralmente su pasión por los toros. La misma que ha reflejado en fotografías en su libro “Silencios”, que presentó entre amigos, ganaderos y algún torero mientras Madrid recibía un anticipo glorioso de primavera. Las palabras de Josephine resumían un sentimiento universal que sin embargo no está al alcance de cualquiera:

Vengo de una tierra de líneas y de oscuridad. Acantilados que precipitan
en un mar enfurecido, riachuelos empujando cadáveres de prometidas,
Madame Bovary muriendo de amor y vergüenza…”

Silencios, de Josephine Douet

Entendí que la anhedonia no es una enfermedad, tal y como nos cuentan hoy esos científicos, y que la sensibilidad es un privilegio. La antesala de cualquier clase de pasión. El trampolín hacia territorios vírgenes donde sólo entran algunos.  Es posible que Bukowski buscara sentir, querido U. Es posible que sentir profundo sea un privilegio, a ratos una tortura. Pero más una suerte, un talismán. Una vida extra que te regala la vida.

Lo demás es circunstancial. En eso estamos de acuerdo.

 (P.D:“Hay
algo que debe decirse en favor de la bebida: todas aquellas peleas me
habrían matado si hubiese estado sobrio, pero al estar borracho era como
si el cuerpo se volviese de goma y la cabeza de cemento. Muñecas
torcidas, labios hinchados y rótulas magulladas eran lo único que tenía
al día siguiente. También chichones en la cabeza, de las caídas. Cómo
podría convertirse todo esto en un guíon era algo que yo no sabía. Yo
sólo sabía que era la única parte de mi vida sobre la que no había
escrito mucho. Yo creo que en aquella época estaba en mi sano juicio,
tan en mi sano juicio como cualquier otro. Y sabía que había una
civilización entera de almas perdidas que vivían fuera y dentro de los
bares, día tras día, noche tras noche y para siempre, hasta morir. Yo
nunca había leído acerca de esta civilización así que decidí escribir
sobre ella, como yo la recordaba. Mi vieja máquina de escribir se puso a
teclear.)
Charkes Bukowski.