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-Yo soy muy del Kurdistán.

-Enhorabuena.
-Pues yo tuve una compañera de piso del Kurdistán.
Estaba loca.
-Loca y kurda. No falla.

(Escuchado un martes de frío noviembre)

Preparo quinoa a unas horas demasiado intempestivas en mi vieja cazuela de hierro, mientras miro con hostil desconfianza al móvil nuevo. Traidor y relamido en sus formas curvas de unánime alabado diseño  (Público y crítica. Qué pelotas).

 Siento cariño y compasión por los utensilios que se adaptaron a mi cuerpo y mis manías. La ropa de estreno la lavo siempre antes, y el nuevo teléfono no me despierta. Da por hecho que soy insomne y con una chulería insoportable se queda mudo en el cajón de la mesilla. Cerca de esos libros leídos o por leer que me dan calma cuando abro los ojos y son las tres, las cuatro. Y busco la linterna del celular, para prenderla -así es en boligüayo- y no la encuentro porque éste no es mi viejo Note 4, con el que glosaba a mano, a vuelapluma, voces ajenas, inspiraciones vanas, con minuciosa diligencia de notario que no se molesta en quitarse las legañas por no interrumpir su afán.

Una mujer ligeramente insomne (tres noches no dan para un diagnóstico) se levanta descalza y pone agua a hervir en una vieja cazuela. Luego abre un wasap de su nuevo teléfono, impertinente, mudo cuando se le necesita gritón, y allí está F: “Querida, ¿Has leído un libro de cartas entre Auster y Coetzee? Auster no me gusta pero Coetzee es genial y en las cartas lo deja como un zapato”.

Me encanta esa correspondencia gossip-literaria. Deberían lanzar una revista cuore con cotilleos de escritores. Vivos y muertos, para ampliar el campo. Los celos devoradores de un Auster eficaz a la pluma que la emprende a sablazos contra el brillantísimo Coetzee en pleno corazón sudafricano, con una jauría de perros vagabundos por testigo. Tanta Desgracia.

(Ser eficaz, a secas, es de una mediocridad casi insultante). Me parece.

Ayer en la tertulia Kurdistán, un poco ya vencida, solté una de las mías: “Yo pienso ser una vieja feliz en mi residencia. A las 20h, cena, a las 22h a la cama (total, mi horario actual). Si me caen mal los viejos me encierro en el cuarto, y si se me embota la cabeza de tanto ruido propio salgo a pasear al jardín, con un maromo amable y poco listo acarreando mi silla de ruedas”. Lo dije mientras me pintaba los labios de un rojo melancólico, y A. me hacía una foto muerto de risa: “¡Anda que ya te vale!  ¿A dónde vas tan puesta?”. Yo me pinto los labios para nada. Para volver a casa, para escribir un libro (sin peinarme, en pijama desconjuntado si procede). Es un grito de guerra, un empujón de arrastre para el cuerpo cansado y la terquedad mental. Pero ayer me esperaba M. en un taxi, una mujer lista y siempre al galope que un día, desmaquillada y todo,  soltó la frase luminosa como un amanecer en territorio Coetzee: “Tú en el tanatorio, yo en Ikea“. O el resumen de la primera grieta entre dos que se quieren cuando ya no se estremecen con mirarse. Y era triste.

Escucho sin pena y mientras tanto a Hildegarda von Bingen, de quien no había oído hablar hasta que me la chivó J. El hombre que te llama al fijo. Un romántico de las telecomunicaciones.

-¿De verdad no conoces a Hildegarda?
-¡¡Ay, no!!! ¿Es una cantante de ópera?
-Jajaja (dijo él). Es una Santa Teresa de nivel, nada de entre pucheros.
-Yo hay mucho que no sé, no me des por hecha. (Respondí).

Actualmente no puedo vivir sin Hildegarda. De día y de noche. Así de móbile soy.

 (Ni sin quinoa. Ni sin Coetzee. Ni sin té verde, asqueroso. Ni con ropa nueva sin lavar, que huela ya a mi casa y si mi apuras a mi cuerpo, exhalación de varios perfumes altamente incompatibles).

“Santa Hildegarda de Bingen O.S.B. fue abadesa, líder monacal,
mística,  médica, compositora y escritora alemana. Es conocida
como la sibila del Rin y como la profetisa teutónica”, leo. Qué maravilla. ¿Se pintaría los labios Hildegarda, a escondidas en su celda, para recibir coqueta, seductora, al Espíritu Santo?  ¿Arrastraría sus pies por territorio kurdistán, entre susurros de hermanas cantoras? ¿Cenaría quinoa boligüaya? ¿Creería en Dios, acaso, o sería una de esas impostoras con hábito y oremus?

Tantas preguntas, y la culpa es de un teléfono absurdo que no me conoce nada. Lo apago y enciendo a mi nueva musa. Gracias, J.