Mi querida Big-Bang:

Déjame que te dé la brasa un rato con Miquel Barceló. Ese salvaje que logra, a su pesar, que su personalidad inquietante y desdeñosa trascienda a su trabajo en los titulares de los periódicos. Un ser mitológico que siempre imagino con un ojo en medio de la frente y con pezuñas en los pies. Ayer estuve en Caixa Fórum mirando sus trazos furiosos y delicados, sus tintes de colores mágicos pillados de un pantone sobrenatural que muestra el añil o el verde que tiene la profundidad marina en nuestro subconscente. El blanco del desierto, la sed de África con seres livianos que atraviesan dunas como en danza. Sin drama. La pasión en rojo anaranjado.

Vale, por ahí no sigo que la crítica de arte no es lo mío, pero sí la sensación de reconocer un acto de honestidad como un hachazo contra un lienzo que no era más que la página de un bloc gigante. Qué envidia generosa. Boquiabierta, entregada a ese espectáculo, sólo podía asentir, quizás aplaudir, pero las guardianas de sala tienen mala leche y no entienden la reverencia sonora, digo yo. El arte que te rapta es como la novela que te atrapa o la música que logra desposeerte del riego intelectual por unos minutos. Ser médium. Vaciarse. Y amar al genio, su destello y su furia.

Barceló es un señor mallorquín contrahecho, cargado de espaldas, que se pinta empalmado al fondo de una librería. “Cómo celebraría entrar en casa y que este sátiro me recibiera y me hiciera la danza de la vida”, murmuro a mis amigas. Hay cuadros que son un grito, una celebración, aniversario o verbena sin sardinas ni olor a fritanga. Hay hombres y mujeres que ven lo que nadie ve, y lo pintan y logran colocarte en el momento de su rapto creativo. Hay mitos sin cura que muestran su hosquedad cuando los mortales osamos preguntarles absurdeces. O montamos un pollo porque llenaron de pegotes a millón el techo de Naciones Unidas. “Que se jodan”, digo que diría él blandiendo al aire su pezuña exhausta.

Gracias, hombre cavernícola, por sacudirme un instante. Soy tan mortal que busco el destello de inmortalidad como los tramperos la pepita de oro en el tamiz. Tan frágil ante la excelencia que aún hoy sigo pensando en rojo y en índigo, y quiero regresarte. Y no se me ocurre mejor homenaje que pasarme la mañana sentada frente a tu estantería, boquiabierta y feliz.