Mitos del Pop Museo Thyssen

Ayer, en el Museo Ico, me devoró  una puerta que daba a ninguna parte. Cuando se cerró con un clic contundente a mis espaldas, comprobé con inquietud que ya no podía abrirla. Y durante tres o cuatro minutos agónicos recorrí pasillos grises iluminados con luces fluorescentes mortecinas que, en su chisporroteo, me condujeron a una salida de emergencias también cerrada. Tuve miedo. No había nadie. No se oía nada. Subí otras escaleras, las bajé. Avancé por un pasillo donde alguien había abandonado un carrito de limpieza a su suerte y cuando ya me estaba convenciendo de que debía pedir auxilio, descubrí una puerta que daba a una estancia diminuta donde un vigilante daba cuenta de un bocadillo mientras miraba una televisión minúscula. Mi alivio contrastó con su sobresalto.  

-¿Qué (coño) hace usted aquí?
-Me he perdido. 
-Ya lo veo.

(Ahora es cuando el tipo coge un enorme cuchillo o la motosierra y te descuartiza, no sin antes darle al on de su videocámara para rodar una snuff movie que ríete de “Tesis”. Pensé. Pero no)

Museo ICO

Ayer era Alicia en el laberinto y había sorprendido al Conejo -un ceñudo vigilante con su almuerzo a quien no oí mascullar el “no tengo tiempo, no tengo tiempo”, sin duda porque tenía la boca llena-. Y justo antes de mi desorientación, ahora recuerdo, deduje que  arquitectura española de los años treinta y la de los sesenta no había envejecido apenas, como queda patente en la muestra “Fotografía y Arquitectura moderna en España. 1925-1965”. Un recorrido en blanco y negro por estructuras, volúmenes y proporciones bellas, grávidas, poéticas, a veces desconcertantes, que contrastaba con el colorido falsamente despreocupado de Mitos del Pop, la otra expo de la semana. 

Allí, por suerte, no había puertas que pudieran tentarme y conducirme a un mundo paralelo e inhóspito, pero por si acaso me pegué a la grupa de mi amigo R. y al resto de los bloggers capitaneados por Paloma Alarcó, jefa de Conservación de Pintura Moderna del Museo Thyssen, dispuesta a entregarme a los juegos malabares de  Warhol, Rauschenberg, Wesselmann, Hamilton, Lichtenstein… Sin olvidarme de los nuestros: Darío Villalba, Equipo Crónica, Luis Gordillo o Eduardo Arroyo

El Pop fue un invento británico que los norteamericanos se apropiaron para construir una seña de identidad y hacer creer al resto del mundo que la verdadera realidad es Pop y el resto son alucinaciones. Sopa Campbells, Coca Cola o una cajetilla Lucky Strike. Es Marilyn Monroe con sus mohínes de falsa tonta y es Mick Jagger puesto de maría y sorprendido por la policía y por un flash indiscreto. La propaganda política más efectiva que cabe imaginar. El desenfado como arma. El cómic como pasquín. Un hombre desnudo en la ducha que muestra su culo a la mirada gay y provoca una historia, un fogonazo Hockney

Pero también una fotografía en blanco y negro ampliada donde alguien ha borrado las caras de una familia a la que está, fijo, a dos minutos de asesinar. La osadía, el despropósito, la denuncia social. Una diosa frágil, triste, que fuma y se devana los sesos entre los aros densos del humo. Un bodegón que no se come, pero se indigesta. Del sexo, el instante plácido y abandonado de despúes. De la acción, sus consecuencias. Del placer, la sonrisa bobalicona e insinuante de una mujer en la bañera. Del ritmo, la repetición.

(“Todos atienden menos la chica que ve historias, que se fuga detrás de la trama oculta en un cuadro o en alguien que contempla un cuadro”, me escribió poco después R., que me tiene calada, bajo la foto de una Alicia familiar que escudriña la pared en busca de una puerta mágica).

Siempre hay algo más allá de lo que vemos. Los más afortunados lo plasman en el arte, en la arquitectura. Los menos, nos perdemos y a ciegas buscamos una salida y hacemos crónica del desvarío. Luego nos vamos al cine a ver la última de Jim Jarmusch “Sólo los amantes sobreviven” (Only lovers left alive) y salimos trastornados por la belleza más desoladora. Por la piel nívea de esa vampira refinada que es Tilda Swinton, por el contraste entre la muerte que es Detroit y la vida palpitante que es Tánger. Y, sobre todo, por una banda sonora magnética que me tuvo atada y casi sin respiración y que hizo las veces de una puerta oculta de las buenas. Esas que abres y te aturde con un solo de guitarra o el canto desgarrado de una libanesa en una taberna perdida entre las calles de una ciudad como madeja llena de nudos.