David Thoreau

Ando inquieta porque me he apuntado a un curso que no me pega nada. Es de filosofía de la biología y versa sobre David Thoreau, filósofo norteamericano del siglo XIX.

Debo reconocer que me apunté por impulso, por una concatenación de casualidades. Había mirado el programa de Matadero, Casa del Lector (esa institución que dirige César Antonio Molina, ex ministro con mucho pelo y un tipo al que detestan cuando no odian todos mis amigos culturales), y me pareció que la oferta de mayo no era muy allá (Kapuscinski, la otra opción,  no me apetecía porque no me atraen los periodistas como objeto de estudio ni como objeto de casi nada. Deformación profesional) Así que leí y releí la propuesta Thoreau y decidí que no era lo bastante hierbas (yo) como para dedicarme a investigar a este señor que desconocía y que sin duda es una figura imprescindible en el pensamiento ligado a la naturaleza.

“Fijo que se apuntan perroflautas y gente de esa que degrada su basura con gusanos en el porche de sus casas y la convierte en abono y todo huele a mierda pero les parece gloria bendita”, pensó la prejuiciosa que albergo. “Gente tofu, gente jengibre, de esa que habla todo el rato de energía y paz y amor y menosprecia a los que disfrutamos hincando el diente a un chuletón con sus patatas fritas”.

A mi favor debo alegar que hace muchos años que separo las basuras, concretamente desde que escribí un reportaje sobre Valdemingómez un junio de canícula y casi muero del hedor y de la impresión de ver a esa gente con guantes separando las consecuencias de la dejadez ciudadana: maletas mezcladas con mondas de plátano y así…

Desobediencia Civil, David Thoreau

O sea, que tengo un punto Thoreau, como quien tiene un cupón del supermercado para la batería de cocina que precisa doscientos.

Ya había desestimado la idea del curso, cuando en mi repaso de los periódicos me topé con un reportaje sobre el autor publicado ese mismo día: Esta es la Primavera de Thoreau. Sin duda se trataba de una señal. Una alineación planetaria de las de Leire Pajín.

“No es casual este regreso a los bosques de Thoreau, a su
trascendentalismo, a su pasmo ante el espectáculo de la naturaleza, a su
visión del individuo como valor máximo, a su lirismo, a su rebeldía
contra la injusticia política, a su aspiración de vivir una vida frugal,
de espaldas al dinero, ajena al consumismo. En el contexto de
la crisis económica y de la amenaza ecológica, tenía sentido que el
filósofo, un indignado al fin y al cabo, emergiera de su cabaña para
contarnos algunas verdades”
.

¿Vida frugal? ¿cabaña? ¿ecologismo? Uffff. No, esa no soy yo, aunque ame el campo y una vez pasara mis vacaciones en una cabaña en medio del bosque finlandés con una pareja de íntimos en su luna de miel (dos cupones más).

Sí, pero también DESOBEDIENCIA CIVIL. Y crisis. Y de regalo, buena literatura.

Enfebrecida, di al botón de “ahora o nunca” y tras varios intentos fallidos (el sistema debió dudar de la idoneidad de mi perfil), ya estoy apuntada. Y ya quiero, necesito, leer Walden y Cartas a un buscador de sí mismo (Errata Naturae). 


Paradme los pies si me pillaís en la estantería del compost de Leroy Merlin, dispuesta a cultivar gusanos con las chukis. Espero que Thoreau no me convierte en una hierbas perroflauta (el color lila y el naranja me sientan fatal). Debo mantener mi glamour y mi tronío al tiempo que cultivo mi mente con un chute de imprescindible conciencia social con andamiaje intelectual. 

Soy una mujer Thoreau desde ya mismo. Tiemble el sistema. Mi rebeldía de siempre ha encontrado al fin una coartada de altura y precipicio.