Cuando eres pequeño la vida se reduce a tres preguntas:
-¿Cuándo comemos? (para el día a día)
-¿Me das la paga? (Para el finde)
-¿Cuánto queda? (para los viajes en coche)
La gracia no es mía, sino de Joaquín Reyes, el de Muchachada Nui, y yo me parto de risa porque encierro a una mujer simple en mi interior que lleva tres días dilucidando si lo que vio entre castaños eran asturcones o percherones. De caballos entiendo lo mismo que de fractales. O sea, nada. Pero juro que esos animales me miraban fijamente y se acercaron con sus patas cortas y sus melenas al aire pidiendo algo que no supe interpretar. Pero fue emocionante.
La naturaleza no siempre es tan dadivosa. Ayer casi muero en un puerto de montaña. Y mañana cumplo años, lo que hubiera garantizado un titular fácil: “Señora de mediana edad recién cumplida se despeña en los Picos de Europa tontamente”. Los años nunca son baladí. Hoy un amigo escritor me convoca con su gracejo literario para una cita: ¿Quieres verme o no has envejecido lo suficiente todavía? Me divierte pensar que hay hombres listos que me ven como una jovenzuela, así que contesto de inmediato: “Nos beberemos una botella a la salud de Dorian Grey“.
A cierta edad la vida se reduce -a ratos- a tres preguntas:
-¿Te quiere lo suficiente?
-¿Pienso o existo?
-¿Siesta o sexo?
Y luego te preguntas qué harás con la mitad que te queda, a lo sumo, si antes no te has despeñado en unas curvas de 180º sin visibilidad que pusieron tu estómago alborotado como un nido de escorpiones. Y entonces te das cuenta de que lo mejor no fue el espectáculo de una montaña o ese camino que se abría paso a través del bosque de Sleepy Hollow, sino el rato que pasaste con los amigos entre guitarras, platos de jamón y queso y pocos mitos que descifrar.
¿Percherones o asturcones?
En realidad, me da lo mismo. Pero la curiosidad enfermiza no se relaja con la mirada verde, más bien al contrario. Mi plan de vida es morir mientras aún pueda hacer juegos de palabras y perseguir a las chukis por el prado. Y, entretando, abrazar el hedonismo con desesperación y leer a los poetas del tiempo que enseñan que la inmortalidad es ese breve espacio en el que un caballo se te acerca y te mira a los ojos y no sabes por qué pero te has quedado ahí clavado.
Lo más parecido a Dorian Grey. A Fausto. Y a la tercera pregunta de la infancia: ¿Cuánto queda para llegar?