Un hombre está a cuatro patas sobre una colchoneta y le pregunta al que está detrás de él, en pie. “¿Y esta qué postura es?”. 
-“La del contribuyente norteamericano”.

Debo confesar que aún me sorprende la acidez de Los Simpson y esa capacidad de incorporar dos lecturas a cada historia. Una para niños y otra para mayores. Hay gestos elocuentes que lo son aún más cuando el mundo gira con el resuello justo y la sensación de que si no te están dando por un lado, te están dando por otro. Se llama, lo llamo, porculización global selectiva, y te deja el cuerpo del revés aunque algunas aún nos partimos de risa con la ironía de esa familia delirante de Springfield.

Ha sido una semana de gestos que no se me van a olvidar. El día de la mujer llegué a casa tarde y me esperaban tres rosas rojas con una nota: “Son para ti porque te lo mereces. Un beso. Lucy. 8 de marzo”. Lucy es la mujer que me ayuda en casa, un ángel bueno rumano que se ocupa de que yo me desocupe, de que mis chukis hagan sus deberes, de que la nevera no tirite, de que en mis cajones no reine tanto caos. Y en sus ratos libres, que no tiene, me regala flores. Fue emocionante, sentí que ella debía haber recibido el ramo porque no es una simple empleada, sino parte fundamental de este gallinero doméstico. Y ejerce de madre de las tres mientras yo siento que no llego, que no cumplo…

Antes, otra mujer y yo habíamos quedado a tomar algo. Ella atraviesa un río muy revuelto, está delgada y no encuentra trabajo. Decidimos de mutuo acuerdo no llorar, hacer una tregua delante de dos sandwiches de salmón en una cafetería de modernos que es más carca que su madre. Después fuimos al concierto de otra mujer a la que conozco un poco y siento amiga. Ella canta. Y tiene una voz que te lleva a Brasil con Vinicius de Moraes o a los brazos del dios de las pequeñas cosas (con permiso de Arundhati). Y nos hizo pasar un rato increíble con ayuda de su pianista prodigioso.

El tercer gesto me lo brindó un hombre. Un señor que conocí recientemente en un viaje y que me retuvo cerca todo el rato por su entusiasmo vital, su curiosidad, un finísimo sentido del humor y su conocimiento exhaustivo de muchas cosas: música, geografía, historia…El hombre y yo bailamos como locos al son de la salsa y nos reímos y hubo que frenarlo cuando a la banda siguió un DJ convencional empeñado en contarnos el rollo con ritmos machacones. “No hemos venido de Bélgica y de Holanta para escuchar esta puta mierda de música”, bramó mi partenaire, sin dejar de sonreír. Y hubo que salir pitando del local.

Pues bien, esta semana quedamos a comer y se vino otro amigo. Nada más sentarnos a la mesa anunció que nos había traído un regalo: dos CDs grabados por él con algunas de sus canciones favoritas, más su correspondiente menú de títulos y canciones, que explicó una por una asociadas a una anécdota de su vida mientras yo remataba unas lentejas. Hay pocas cosas que me hagan tanta ilusión como esos regalos gratis que requieren tiempo, molestias y cariño.

Así que aquí lo dejo y, con la venia, dedico mi alegría de la semana a Lola, a Sole, a Lucy, a Mariano…y a todos los seres que hacen que la postura del contribuyente no me amargue la vida. Sino todo lo contrario.