Mi querida Big-Bang:

Cuando el escapismo entra por tu puerta el amor sale por la ventana. Siempre he preferido el término escapista a escaqueador, es más profesional, tiene más charme y le da al sujeto una pincelada de David Copperfield que pa qué. El universo está lleno de escapistas que corren como la nave de Darth Vader y no paran ni para repostar. A ti se te queda cara de idiota y terminas haciendo sus funciones. Con lo que pasas a la categoría de pringada, un término mucho menos sexy que escapista, convendrás conmigo.

No sé a qué viene esto, me temo que he centrifugado un sueño o se me fue la mano con el jengibre anoche. “Chica, mejor jengibre que ginebra, aunque suene parecido”. Cierto. Mejor el mundo de las hierbas y raíces que el del delirium tremens. Las palabras con jota o con ge nunca dejan indiferentes, y los guiris se ponen todos locos. Verbigracia: Gilipollas. Tan contundente, tan recurrente, tan rotunda… Y esa sí que se la aprenden pronto los jodíos.

En casa no se oía un taco, ni siquiera “mierda”. “Como digas eso, te voy a lavar la boca con lejía”, amenazaba mi madre, y era tan su efecto disuasorio que mis hermanos y yo teníamos “idiota” como la madre de todos los insultos. Aunque a mí siempre me gustó otra que ha caído en desuso: “eres un aborto”. Aquello era lo peor, incontestable. Hasta que fui por primera vez a Londres y lo vi convertido en un anuncio en el metro. “Abortion is solution”. Aquello no encajaba en nuestras coordenadas educativas, y fue la tecla definitiva que nos hizo cuestionarnos a mi madre.

Luego vendría la abolición del mantra familiar: “en esta casa no quiero vagos”. No, vagos no salimos, pero ansiosos e hiperactivos, lo que más. Tú vas de cañas con mis hermanos y antes de terminar la tuya ellos se están poniendo los abrigos para salir. Tú te enrollas conmigo y a las seis de la mañana ya estoy dando por saco con los planes del día. Un defecto de fábrica que me ha condenado a transitar los salones ajenos como un alma en pena, y a leer revistas de moda y decoración a horas intempestivas hasta que mis novios tienen a bien saltar de la cama: “en esta relación no quiero vagos”, es mi mantra.

Verás que soy mazo de romántica, sí, pero tengo la ventaja de no practicar el escapismo. Una cosa por otra. Cuando me enamoro, pringo como la que más. Hago planes, amo a destajo y si me llevan el café a la cama monto la gran performance de la felicidad. Además, cuando insulto lo hago en términos RAE, no soy vulgar ni arrabalera.

Y nunca, nunca, te llamaré gilipollas. Aunque suene a gloria…