No sabía que John Banville tuviera dos mujeres: la oficial, con la que está casado y tiene dos hijos cuarentones, y la oficiosa -que él llama “mi pareja”- con la que es padre de otros dos, casi veinteañeros. El escritor irlandés es dual hasta en el amor. Cuando escribe es él mismo y Benjamin Black, a quien no tengo el gusto de conocer porque siempre se interponen otras lecturas, otros amantes entre nosotros. En la cama, cuenta que se entrega a una mujer la mitad de la semana y a otra la otra mitad. ¿Quién dijo que el rey Salomón no había creado escuela?

Todo amor es narcisista y luego se convierte en otra cosa“, asegura en la entrevista a Babelia con motivo del lanzamiento de “La guitarra azul” (otro título para mi wish list). Y bien mirado tiene toda la razón. El comienzo del amor se me parece a una danza donde uno saca sus mejores plumas para encandilar al otro y al mismo tiempo contempla el espectáculo con cierta fascinación narcisista, sabedor de que nunca le brillarán los ojos o asomará el rubor de las mejillas sin ese impulso aguerrido que es la seducción en sus inicios.

No es cinismo, es pura observación antropológica. O sí lo es, porque los seguidores de Antístenes somos los mayores románticos del planeta. A mí Banville me parece un hombre decididamente atractivo (el dominio del lenguaje es puro sexo) pero no creo que estuviera dispuesta a compartirlo salvo que a la otra le tocara el capítulo de obsesiones, egomanías y ronquidos, por ejemplo. Y siempre que a su regreso a casa no dejara caer, como por descuido, alusiones o gotas perfumadas de esa otra familia. Debería tener un lenguaje propio, territorial, incompartible. Y ducharse con sosa caústica en pastilla antes siquiera de besarme.

Jonh Banville, uno para todas

Las palabras separan los ambientes mejor que un muro de hormigón, mejor que esas vallas concertinas donde se enredan los pies de los que huyen. Una pareja empieza a construirse en el lenguaje. El modo en que se nombran, el saludo. Las frases recurrentes, los chistes que sólo a ellos hacen reír. Las metáforas, las paradojas y el relleno de los silencios.
Imagino que en eso Banville es un maestro. Tal vez reserve a una de sus esposas el ambiguo espíritu irlandés, poético en sí mismo, y a la otra el práctico y ortoboxo inglés, tan sobriobritish (que es tan comme il fault a su manera). Y las dos tan contentas, porque incluso en un trío no habría fugas que presagiasen tempestad, sólo un remolino de labios, piernas enlazadas, de fluidos…Un abrazo partido que no es sino una ensoñación química aunque desde fuera se aprecia escandalosa. Pero ellos lo llaman “exquisitas maneras”, amor descortés, reparto equitativo. Qué se yo.

Los artistas son caníbales“, asegura Banville, y cuenta cómo en plena discusión con su esposa oficial de pronto él le preguntó: ¿puedo usar eso? (en un libro) “Eres un monstruo”, respondió ella. “Lo sé, pero ¿puedo usarlo?”.  Y lo primero que pienso es que enamorarse de un artista es como comprar todos los tickets para una lotería de tsunamis. Tamaña intensidad despiadada que tantas han sufrido hasta rondar la locura (él menciona a Picasso, que mató a varias parejas con esa danza macabra de ego y genio).

Tal vez John Banville piense que los mejores maridos -de libro, de esos hablo- sean hombres anodinos, tranquilos, sin pasiones que saquen su Mr Hyde del armario. Y las mejores esposas tres cuartos de lo mismo. Perfiles generosos, con una venda negra en todo caso que les impida ver el escarceo en casa ajena, que a veces es un libro y un teclado. Cualquier obsesión tiene algo de lujuria, de festival de cuernos, haya o no una silueta con carne y con latido al otro lado. Y visto de esa forma hablar de adulterio es pura redundancia. No se puede competir con una pasión que no se agota, sólo establecer unas reglas de juego que no hieran y que permitan disfrutar el paseo al caer la tarde, en la entrega absoluta que es salir de otro hogar y cerrar esa puerta con tres llaves. Abandonar a Black, condenarlo a un ayuno trepidante, y ser ese tipo leal y campechano de jueves a domingo, convenientemente afeitado de sí mismo. Delicada etiqueta, yo diría.

-¿Y lo llevan bien? ¿Se conocen? (pregunta sobre las dos familias Banville)
-¡Oh, no, mi esposa me mataría!

Así que el sistema funciona fingiendo una ceguera absurda y cruel. La mentira sin ganas de mentir. Matar a las palabras, de eso hablamos. Y no me sorprendería que un día los periódicos anunciaran que Jonh Banville apareció sin lengua, cercenado en su hombría literaria, desangrado de prosa. La peor castración imaginable. Y las dos esposas juntas se turnaron para impedir que la herida cicatrizara del todo. Y vivieron felices…