Siento esa punzada familiar y reconocible de estertores de año y corro al refugio del abrazo de Stevenson, Robert Louis mientras imagino un brindis loco para despedir 2018: “A cuántos lugares no nos hemos acercado llevados por un indicio claro (“ahí me espera mi destino”) y lo único que hemos hecho ha sido cenar y seguir nuestra ruta! (“Escribir. Ensayos sobre literatura”. Ed. Páginas de Espuma. Mi libro refugio recurrente).

Me he levantado con la pala de enterrador en alto y pronuncio un responso mientras cavo la fosa de palabras sin sangre.

  1. A punto de 2019 diré, por ejemplo,  que creo poderosamente en el destino, pero le hago cortes de manga todos los domingos y fiestas de guardar. Creo en él tanto como en la contingencia que te desvía del mismo y te deja en uno de esos lugares sin nombre donde cenar una sopa aguada pasada de salero y seguir ruta. Con los años me he vuelto maniática y exigente. Huyo de las posadas con luz de techo y detesto especialmente las iluminaciones blancas, fantasmagóricas, y los cuartos de fotocopiadora donde sólo puedo imaginar sucias escenas de crimen. El destino -digo- es eso que nos empeñamos en esquivar una y otra vez para seguir un guión escrito por otros que plagiamos y trasmitimos a nuestros hijos. Y entonces lo llamamos “porvenir” en un upgrade trucado y bienpensante y se nos llena la boca como si engulléramos dos polvorones de la Estepa de golpe.
  2. Me he permitido a ratos este año que muere ser un punto incoherente, implacable, torpe, versátil, tacaña de mi tiempo, cínica en pequeñas dosis. Feliz. Miedosa. Alborotada. Mala madre. Esquiva o generosa. Pecados que no pienso confesar si no es a voz en grito. 2018 ha sido una yinkana frenética que ha dejado un parte de bajas ponderado y la iluminación loca de una verbena centelleando  en una noche de agosto con tormenta. A ratos hubiera necesitado a Mr Kaplan, esa mujer huesuda que limpia los cadáveres que va sembrando su jefe, el fascinante Raymond Reddington de la serie “The Blacklist” (Netflix, what else?). A ratos una pista de baile recién pulida y a Nina Simone revivida cantándome Sinnerman al oído, ese himno vital y desgarrado. Pero sigo y aprendo. Y me río más alto que la media, y a veces me sorprendo alguna cana en el rubio que peina mi cabeza.
  3. 2018 fue el año de la montaña rusa sin seguro, del contador a cero varias veces. De la suerte como un parto feroz tras un rugido que rompe los cristales. Del “ya te lo dije” dicho a mí misma. Del “y sin embargo volvería a hacerlo”. De la vuelta a la casa de mi abuela, en un pueblo de montaña donde la memoria olfativa te sacudió como una tormenta de arena y levantaste los brazos al cielo plagado de recuerdos. De volver a jugar al parchís contigo misma, de recuperar las esquinas y los huecos. De entender que nunca serás ni estarás cómoda, que el suelo se nos mueve todo el rato y que todo está bien. De “Cold War” y de “Roma”, la bendición del cine en blanco y negro. De la sororidad tan como siempre.
  4. 2019, yo te invoco. Te pediría calma y tiempo para pintar el aire de palabras. Un viaje con mis hijas que recuerden cuando piensen en mí. Ser sola como incluso acompañada. Dos noches en cada posada a donde llegue tras un indicio claro, una pulsión fugaz de destino con vistas a mi patio, por ejemplo. Y sentirme tan viva como hoy. Tan futuro imperfecto. Tan Isla de Tesoro sin tesoro.