Ayer me propuse acostarme antes de que los dos dígitos de las diez iluminaran mi teléfono. Las 9.59 p.m era mi hora límite, mi cuerpo no daba para más que un último estertor, el de la muerte horizontal que es cada noche, y pedí a Minichuki que se ocupara de mí. “No me llames hasta que estés dentro de la cama y con los dientes bien limpios”, sentenció parafraseándome. Yo asentí y corrí obediente al baño para mis abluciones. Estrené pijama limpio, me tapé cuidadosamente casi nada y llamé a mi hija para que me viniera a dar un beso de buenas noches. Puse Radio Clásica muy baja de volumen, como te hablan en los sueños. Después noté cómo el sopor se me iba apoderando como una niebla densa. Luego el zumbido vibrador del teléfono me rescató de sus garras.

Soy una enferma. Pensé. Y me puse a trastear hasta cargarme sin querer la aplicación que me permite anotar como si se tratara de un bloc todos los pensamientos y las palabras que alimentan estas líneas. Yo misma me había amputado el brazo, me estaba desangrando, y ahora andaría como alma en pena anotando en pedazos de papel, como solía.

Después, no contenta con mi holocausto caníbal, me cargué 150 fotos en mi intento de trasladarlas a una memoria externa, y supe que varios meses de mi vida acababan de ser lanzados al espacio interestelar, con sus dudas, sus selfies egodivertidos, sus frases incógnitas, sus pequeños detalles indescriptibles y un par de recetas médicas que fotografío porque siempre pienso que las voy a perder.

Al instante me sentí extrañamente liberada. Porque desde que tengo teléfono se me resiste el olvido. Porque antes, en la época cavernícola-postmoderna, no registraba cada cielo con nubes caprichosas ni cada promesa de amor enfebrecido. Las fijaba en la memoria y se iban diluyendo con el paso de las horas, de los días, hasta terminar deshilachadas en un cementerio por efecto de los arbritrios de una mente que sabía administrar el desencanto. 

La princesa prometida

Hoy, no hay manera. Todo lo que pienso y escribo, lo que contemplo apenas un instante, lo he ido guardando en el smartphone, en el portátil, el el I-Pad. Están las fotos, los mails, los párrafos de libro que me deslumbraron. La lista de pendientes. La lista de la compra. Las fotos de la casa de verano. La paella del domingo que estrenó el dulce prolegómeno del verano. Y he destrozado apenas una parte, y pasados los dos dígitos -las diez, ¡oh Cenicienta anticipada!- decidí destruir mucho más. Partir de cero. La mente como una hoja de papel en blanco. Y era muy difícil, el sistema me repetía algo así como ¿estás segura de que quieres eliminar definitivamente el documento?

Y yo decía “sí, quiero”, como una novia arrebatada en una ceremonia diabólica. Corra, señor cura, corra. Como el novio malvado de “La Princesa Prometida” apura al sacerdote mientras agarra a mi diosa Robin Wright aún virgen y antes de cortarse el pelo y ser la calculadora Mrs Underwood.

Y en mi determinación de tabla rasa me fui envalentonando, y pasaron las fechas, los billetes de avión, las revisiones de coche, las citas del colegio, las direcciones de sitios a los que nunca fui, una extraña foto hecha en la carretera en medio de un mareo mareante. Una imagen de mesa plagada de papeles subrayados en mi calculado desorden. Dos tazas de café. Una entrevista grabada. Y todo lo engullía una trituradora enorme e invisible. Y saltaban la sangre y los despojos.

¿Dónde va a parar todo ese olvido? ¿Puede pesarse, medirse, alojarse en un cementerio nuclear, dentro de unos barriles cubiertos de agua tóxica? ¿Dónde habita la basura de lo que custodiamos en tanto gadget tecnológico? ¿Se puede enviar el pasado hacia el futuro? (y esto es muy de Berger, desde luego).

Hoy cuando desperté y tras la quema, mi Samsung sigue quejándose de falta de memoria disponible. La pira de San Juan anticipada no ha servido para hacer hueco a la esperanza. No puedo escribir a mano, ese capricho bello, y mis fotos han desaparecido sin dejar huella. Me siento hueca, devastada, pero decidida a desentrañar el tecnojeroglífico antes de volverme loca apuntando en las yemas de mis dedos, en el envés de mis rodillas, en las uñas y en los dientes.

Soy una víctima del ejército de Orión, de Tutatis hecho máquina, de Odín enardecido. Mi mente no responde. Han sido calcinados los recuerdos. Pero con el segundo café una breve chispa me recuerda que hay vida tras la muerte y que debería someterme a una dieta detox de teléfono. Y volver a albergar en el corazón aquello que era bueno y era azul. Sin tratar de apresarlo en un clic. Que es una trampa perversa.