Mi padre llevó toda la vida el peine en el bolsillo“.

Me cuenta P. camino del trabajo que su progenitor era un coqueto y lo imagino tal vez mirándose de refilón en un escaparate, y atusándose con disimulo con el peine la espesa cabellera. Le confieso que me gustan los hombres pulcros. No los presumidos. Sí los que huelen a piel trabajada dos o tres horas después de una concienzuda ducha. No los que llegan dos minutos después que su perfume. Sí los que lucen las uñas bien cortas y sin padrastros. Blancas inmaculadas.

(Lo del peine en la chaqueta me hace pensar, no sé por qué, en Antonio Molina y en la copa de sol y sombra en la España gris de los cincuenta. Cercos en las camisas. Ducha de domingo y ropa oscura para lavar menos. Olor a tabaco. A sudor agrio. A desesperación ahogada en copla)

Mi padre jamás llevó un peine fuera del baño, pero sí en la guantera del coche. No lo recuerdo mirándose al espejo. Sí con la camisa desbaratada y los pantalones pidiendo a gritos un centímetro más. Ahora que se ha vuelto hombre de campo no se apea de la pana y la franela. Del zapato marrón flexible y el calcetín de lana. Y diría que se peina con los dedos. A veces cuando viene le vigilo de reojo: papá, ponte guapo. O le tiendo un cortauñas como quien no quiere la cosa y él farfulla: “Pero bruja, si las llevo muy cortas, mira”. Y me enseña las manos como un niño. Palmas arriba y abajo. Examen concluido. Qué ternura.

Para mi padre ponerse una americana es como para cualquier otro un chaqué con chaleco. Y odia las colonias, aunque cuando le regalo una la agradece como si llevara dos años deseándola.

Una vez en el Metro viajaba un inmigrante, diría que rumano o polaco, con gesto de derrota tras una jornada de trabajo. Sin duda se empleaba en la construcción, las motas de pintura acá o allá lo delataban. Eran las ocho o las nueve de la tarde y el vagón bullía de cansancio y seres en deriva deseosos de caer muertos en un sofá. El hombre, unos cuarenta años, llevaba una bolsa de deporte con la ropa de faena, imagino, sobre sus rodillas. De pronto abrió una cremallera lateral y extrajo un peine de plástico barato. Mirándose al cristal de enfrente comenzó a peinarse despacio, ajeno a la curiosa que contemplaba fascinada la secuencia. Era solo un hombre recuperando la dignidad perdida con la brocha. Necesitaba sentirse bien y ordenar su pelo era como ordenar su taquilla sin nombre. Como rematar una pared de yeso. Disciplina minuciosa que precede al descanso.

Cuando terminó y el peine volvió a su sitio sacó un frasco de colonia. El clásico difusor azur celeste. Y se echó en las manos y en el pelo moteado de blanco. Nada ni nadie podía distraerlo de su aseo, daba la impresión. Y lo hacía sin prisa, con una extraña parsimonia dadas las circunstancias. Pensé que no me sorprendería que la siguiente maniobra fuera sacar ropa limpia y desnudarse delante de nosotros como si en realidad estuviera en su casa y en su cuarto, una luz mortecina de techo, una silla de enea y una cama que cruje.

Andre Gide

Lo hubiera encontrado muy natural y muy adecuado. Pero no.

Guardo en el armario del trabajo un neceser con todo lo necesario para recomponer a una dama. A veces, a mediodía, saco el desodorante y me hago “la repasada”. Mis compañeros se ríen y  me piden que comparta el alijo. O el hilo dental. El paracetamol. Dos rouge de labios. O tres. El perfume, que recupero cuando quiero despistarme de mi olor a esfuerzo.

Ya te has puesto la colonia de fulana“, bromea A., y yo saco la barra de labios y le miro provocando el siguiente comentario. Y a veces digo “espera, que con los dientes sucios no puedo pensar”, y corro al baño enarbolando el cepillo y la pasta. O se la pido a U., siempre tan pulcro y tan generoso. Y a veces son las siete de la tarde y huelo mi humanidad pasada por Chanel y por el roce de mi piel en mi camisa. Y me siento un poco Antonio Molina, un poco mi padre reventado cada noche de pequeña. Un poco fulana tras muchos clientes complacidos. Y me parecería sospechoso que fuera de otra manera.

Y cuando llego a casa, a menudo tras una caminata veloz, nada me gusta más que desnudarme y meterme en la ducha. Y ponerme un pijama recién lavado. Y entonces, sólo entonces, pasarme un poco el peine y ser una polaca, una rumana. Orgullosa y limpia en su modestia. Lista para asaltar mi cama y mi destino. Y que el cuerpo transpire mientras sueña.

PD. Hay domingos que estoy sola y me dan las doce al teclado y sin ducharme ni quitarme las legañas. Y me complace dejarme estar, salir de mi cuerpo y hacer un corte de mangas al protocolo higiénico.