Mi querida Big-Bang:
Oficialmente he sido clasificada X. Muchos de quienes llegan hasta aquí lo hacen tras teclear en Google guarrerías del tipo “negros que se lo montan con rubias muy viciosas”. Y no es broma, es un ejemplo real. Cada vez que abro el ordenador echo a las Chukis a dos metros a la redonda para que no lean el reporte. Parezco más una discípula aplicada de Hugh Hefner que una pringada de colegio de monjas. Es la venganza de Play Boy.
No es que el género me parezca mal. Y el tipo siempre me fascina, incluso ya viejuno. Meterse con tanta carne fresca e inquieta en un jacuzzi tiene su mérito, cuando lo que seguramente le pide el cuerpo es un caldito en la chimenea con una lectura poco calenturienta. Pero claro, cuando tienes un tronío que mantener ya no puedes alejarte de las servidumbres de la leyenda.
Querido Hugh, te comprendo, pero estoy por pedirte alguna indemnicación por daños colaterales. Ahí fuera hay tipos (y supongo que tipas) babeando por capturar sus fantasías porque en su vida no hay jacuzzis con champán. Y en el calentón se encuentran conmigo, que apenas les ofrezco unas migajas de eros colegial. Puedo imaginar sus alaridos de frustración, las ganas de estrangular a la rubita esa que no se ha enterado que con las cosas del porno no se juega. Mea culpa.
Creo que necesito urgentemente un curso con Hefner, un training en la mansión de Play Boy, un disfraz de conejita de cuarenta con ínfulas literarias. Una visita guiada de la mano del abuelo del sexo. Un tipo lo suficientemente listo como para hacernos creer que levantó sus millones de dólares levantando esa otra cosa (que no menciono, porque luego los motores de búsqueda se ponen cachondos -adjetivo que tampoco debería mencionar por la misma razón-).
A partir de ahora y dado lo inetivable de mi condición de bloguera subidita de tono, mis mitos deben ser Tom Holmes y Lucía Lapiedra, un suponer, y tendré que borrar lo del cole de monjas del currículum vitae. O subrayarlo. Porque seguro que es un aliciente para los que vagan en el proceloso mar del sexo. Un mar poco imaginativo y un negocio que podría sacarme de pobre. Ya estoy viendo la inauguración de esa otra mansión estilo Bauhaus con hombres listos, macizos y vacilones que mis amigas sueñan en sus fantasías más tórridas.
Es una señal. Habéis venido a mí por algo. Y prometo aplicarme a conciencia, sin escatimar.
P.D. Pero en mi mansión no habrá jacuzzis, que son una horterada.