De cuando en cuando la vida te pone en tu sitio. Por ejemplo, por muchas vueltas que le doy no termino muy bien de entender lo de la Infanta Cristina y los famosos terrenos. No sé qué registrador de la propiedad o qué notario puede trastabillarse tanto como para anotar un DNI de dos cifras en lugar de uno de ocho. Y tampoco entiendo que Hacienda saque pecho y se haga cargo del error para que los curiosos impertinentes nos callemos de una vez.
O sea, que soy bastante más lerda de lo que pensaba. Touché.
Los niños preguntones han sido un incordio porculero de toda la vida. Llega un momento en el que se recurre al comodín del público: “esto es así porque lo digo yo“. Cuando te muestran el argumento de autoridad, échate a temblar. No way. El porcojonismo se inventó para que los débiles y los mediocres se impusieran a la manada. Luego llegamos los padres y madres y adoptamos el sistema para tomar atajos en esa senda procelosa que es educar a un hijo.
Sócrates debe estar revolviéndose en su tumba. Su mayeútica, esa bella palabra, ha sido condenada a beberse la cicuta una y otra vez. Vivimos en un tiempo de preguntas sin respuesta. Tanta contención provoca efectos indeseables, como que los brasileños se echen a la calle y conviertan la ciudad en un hormiguero voraz que exige respuestas a sus anhelos. O que los turcos de Erdogan sigan tomando la plaza tras los palos recibidos y en silencio se den las manos y miren al cielo.
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Sócrates |
Cuando un rebelde deja de gritar pero no se mueve de su sitio, se convierte en un símbolo. Y un símbolo es mucho más poderoso que un cuerpo porque resulta indestructible.
(“La educación es la inflamación de una llama, no el relleno de un recipiente.” — (Hem.,1 /97, p.96)
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Infanta Cristina |