De pronto me miro los dedos y me han crecido las uñas sin permiso. A su libre albedrío y por efecto acelerado del olvido. Corro a buscar las tijeras y piso arenilla de playa bajo mis pies. Me desagrada su tacto tanto como las lunas blancas que coronan apenas dos milímetros mis manos. Manías de diván que no tengo tiempo ni ganas de explorar.

Puede que las vacaciones sean eso. Dejar de vigilar el cuerpo, permitirle desmanes, torturarlo en esa desnudez tan vulnerable y que le piquen los mosquitos o se le salte la laca de las uñas.

Al Cantábrico, lo juro, le irritan las bañistas tempraneras y las escupe con febril desparpajo. Me he propuesto estrenar sus playas cada día, romper la lisura plata de la orilla que resplandece bruñida por el agua y las primeras luces perezosas. Brontë piensa lo mismo y celebramos a gritos el lienzo albero claro acribillado por las huellas de sus garras. Círculos enloquecidos como patas inquietas de cientos de gaviotas. Me río a carcajadas.

-Los cocker están locos, tienen muy mala hostia (me vuelve a la memoria esa mujer. Su boca sucia y su sonrisa pícara)
-El mío no. Ni una cosa ni otra.
-Están locos, no te jode!
Pero eso era antes. Porque ahora el curso acabó y me he traído al Norte algunas tareas sin embargo. Y me quita el sueño como me lo quitaba la tortura de los cuadernillos en las siestas tediosas de la infancia (tres horas de digestión, así estábamos entretenidos y no incordiábamos a los adultos). Telemann, Sinfonía Spirituosa. Eso es lo que escucho ahora, en este instante. Ya desperté de noche, ya abandoné la cama con su manta, ya me eché al camino con mi compañero tensando nervioso la correa. Ya pisamos la playa los primeros. Ya me bauticé de furia y temí ser devorada por el dios del mar. Ya ladraba mi Brontë, me guardaba los gritos y espantaba las olas saltando como un gato, el lomo en U. Ya dejamos temblando que el Sol tibio nos hiciera estatuas de sal bajo las rocas. Ya leí algunas páginas del libro…

“Primer día hábil sin trabajar, me quedo adentro del colchón de plumas tomando Coca Cola sin gas. Algo traga mi corazón, algo lo repercute. No puedo decir que sea ella que se fue a primera hora con el auto que revienta. Tampoco él, al día siguiente estoy compensada. Y entonces qué. Leo el cielo como rezos bíblicos. Me veo aplastada boca abajo la cara aplanada en la escoria. No tengo hambre, no tengo sueño, no tengo ganas de coger. No tengo frío, no tengo asco, no quiero estar metida en otro cuerpo, y sin embargo, algo traga mi corazón” (Adriana Harwicz, “La débil mental”. Ed Mardulce).

La cristalera de casa delata el avance de las nubes. En minutos el cielo se ha mutado. Dejar pasar el agua, las voces, las personas. Asumir que los cambios no son dramas, arrancarse padrastros a deshoras. (Ahora el dios Bach a todo trapo, bendito Spotify aleatorio). Borrar la memoria de los datos, entregarse al absorto día a día bendiciendo los helechos del camino, el fragante olor a hierba con estiércol, a musgo orinado por las vacas. Ser más Tierra que nunca, quemarse la piel sin que te duela, chuparse los rasguños que dejaron las rocas como el año pasado, como el año que viene y hacia atrás, hacia delante.
Y un poco de Adriana, un poco más antes de empezar a cortar la cebolla en trozos muy pequeños: “¿De dónde venían esos vocablos? ¿Por qué había preferido esos y no otros? ¿Qué idioma elegir para bautizar las cosas?”.

Cambiar la piel, olvidar tu nombre, cortarte las uñas. Relajar los sentidos. Chuparte la sal del borde de los labios. Acariciar al perro… Pelar una cebolla sin llorar.