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Bonito con pimientos sin quemar |
Debo elegir entre salir a correr o cocinar un bonito con tomate y pimientos. Cañones o mantequilla.
En realidad lo tengo fácil. Las Chukis me provocaron anoche cuando a la aparentemente inocente pregunta de “¿qué tal cocina vuestra madre?” respondieron un “Bueno…” acompañado por sendos mohínes de escepticismo que se me clavaron como espadas.
Luego, como para arreglarlo, recitaron los tres platos que presuntamente bordo: “Paella para cuatro, (putos) macarrones y lentejas quemadas”. Y cabría pensar: qué suerte, la tía tiene tres estrellas michelín en tres categorías. ¡Un pleno!
Pero estamos hablando de tres: uno, dos y tres. Tres triste platos como tres tristes tigres enmedio de una selva de 1080 recetas según la motivada de Simone Ortega. Así que puedo quedarme con que lo que cocino lo convierto en una experiencia gastrogaláctica o que soy tan limitada al fogón que hago un, dos, tres (como esa Thermomix que uso para gazpacho y salmorejo) y se me acaba el repertorio.
Cañones o mantequilla.
La primera vez que oí hablar de este dilema y de su autor, Paul Samuelson, fue en primero de carrera. La profesora, apellidada Lobo, entró por la puerta grande, ya que negociamos con ella -después de hacerlo con otros catedráticos- trasladar sus clases de manera que los lunes fueran festivos. Elegimos mantequilla y ella nos dedicó una salva de cañonazos teóricos que regó nuestro erial de lagunas económicas por una buena temporada.
In ille tempore la economía no era precisamente la estrella del periodismo que es ahora. Los del sector eran profesionales pelín estirados y convencidos de que el parqué de la Bolsa era su particular salón de baile. Un lugar muy solemne donde se hablaba en lenguajes encriptados y todo el mundo parecía al borde del infarto. Susto o muerte eran sus cañones o mantequilla.
Luego estaban los periodistas deportivos, que a menudo iban con la camisa por fuera y las uñas pendientes de manicura. Pelín desgreñados, pero de un desaliño distinto al de los del Congreso. Profesionales -no todos, desde luego- que sentían al pisar el famoso salón de los pasos perdidos que ellos eran la democracia con piernas y que los políticos, al estrecharles las manos, les transferían una corriente de poder súbito que les duraba cuando volvían a la redacción henchidos de gozo y con abundantes soplos más propios de Mortadelo y Filemón que de Bernstein y Woodward.
Los culturales eran los hermanos pobres, quizás por no tener un salón que pisar. La RAE nunca les abrió sus puertas y tuvieron que conformarse con asistir a presentaciones en restaurantes como Casa Lucio, o asadores donde chuletón va, chuletón viene, los autores best seller lanzaban titulares como quien pasa el salero. Y tras la estrepitosa comida debían volver a la redacción a escribir sus crónicas entre bostezos y una pesadez de estómago proporcional a la pitanza, que siempre iba acompañada de un buen Rioja.
Economía, política, cultura y deporte. Paella, lentejas y macarrones. Cañones, mantequilla. Haga usted una redacción de 600 palabras que incluya estos elementos, señorita.
Pues hecha está, que me esperan los pimientos, tomates, cebolla y un bonito plateado y brillante que me mira con ojos de “como me quemes te hundo la reputación, rubita”. Debo utilizar mi teléfono rojo para que El Comidista me brinde su mejor know how.
PD. Leo que antes que Samuelson fue David Ricardo. Colegas económicos, yo os invoco!