Mi querida Big-Bang:
¿Las bolas chinas se reciclan? Lo digo porque las mías están muertas de risa en el cajón y mi cuñada T. necesita unas para lo suyo del suelo pélvico. “Ya, eso dicen todas, tú lo que quieres es pasarlo pirata y sin gastar un euro”, le dije. Pues no sé, nena, el placer hay que pagarlo. Como las multas y como la contribución de la basura.
-Ya…Y digo yo, ¿tú cuántas veces las usaste?, sigue abundando la presunta heredera.
-A ver, chati, yo me dejé embaucar porque hacían ruiditos zen y en la reunión tupper sex que organicé en casa todas compraban con frenesí, y yo no iba a ser menos, que luego todo se sabe y te ponen motes.
-Pero, ¿te las pones y te da gustito?, insiste la jodía indiscreta.
-Sólo te diré una cosa: te las pones y caminas como los Locomía, a saltos, con la sensación de que si sales con eso a la calle se te caerá entre el puesto de la fruta y el del pescado, y a ver qué explicación le das a las marujas.
-Ahh
El sucedido me lleva a hacerme grandes preguntas: ¿El placer es reciclable, transferible, prorrateable? ¿Pueden unas bolas chinas raspavaginales provocar algo más que un aullido de dolor? ¿Nos han vuelto a engañar las mentes perversas que urden el márketing del orgasmo? ¿Por qué las enrolladas me miran mal cuando les propongo convertir las bolas en nuchacos paralizantes?.
Un suponer, si las hubiere usado y hubiese terminado en la sala de urgencias del 12 de Octubre -que no es el caso- ¿con qué cara se lo hubiera explicado al enfermero?. Y, si voy a poner una denuncia en comisaría por daños y perjuicios, ¿qué argumentaré?: “Verá, mire que he he metido estos artefactos en lo que viene siendo el conducto vaginal o chimichurri y me han hecho una reacción del carajo la vela”. La expresión del comisario iba a ser un poema. Por no hablar de las risitas de coña marinera de los polis de guardia, aburridos de toparse con señoras enloquecidas porque un caco les ha robado el colgante de osito de Tous.
“O sea, chitina”, argumento a T., “que si te compras unas bolas olvídate de exigir derechos de consumidora. Más o menos es como si te compraras ántrax a granel, o un guepardo africano en peligro de extinción. Todo quedará bajo secreto de sumario”.
-Ya, pero, ¿me las vas a dar o no?
En este punto cojo las bolas chungas “made in China” y las pongo a hervir diez minutos, para que suelten todos los microbios y esporas. “Si te quieres trepanar los bajos, tú misma”. Y, como soy una clásica, saco “El amante de Lady Chatterley” y sueño e imagino. Lo que se ha hecho toda la vida, sí señor.