Virginia Galvin
La vida en 5 minutosMi querida Big-Bang,
Huyo de las personas que huelen a cerrado. También de las que huyen, por si acaso. La memoria, lo que tiene, es que es bastante traicionera y te asalta justo el día que has sellado la tapa con silicona y echado una llave dentro del hoyo, para rematar la faena.
Bicicleta, cuchara, manzana. Son las tres palabras que hay que recordar para asegurarte de que no sufres Alzheimer. Yo las recuerdo, y a veces me pesa. El olvido al que siempre vuelvo por obra y gracia de Héctor Abad suele batirse en retirada cuando nadie se lo pide. Bicicleta, cuchara, manzana.
Entonces vas un día por la calle y te asalta una cara vagamente familiar. Era ella, o él. Un recuerdo que no ha pedido permiso para regresarse. Ayer íbamos mis chitinas L y M a distraer el tedio con un shopping apresurado, como mandan los cánones. Y justo antes del clímax que devendría en botines de altura, L dijo “bicicleta, cuchara, manzana”. Entendimos la señal. Cual corderillos, salimos pitando con el monedero abierto y el coitus bien interruptus. “¿No habéis visto a fulanita, que estaba en la esquina? Vámonos, chicas”. Sí, los fantasmas salen de cualquier esquina, apresurados como las cucarachas.
No hay antídotos contra la memoria como tampoco los hay contra el olvido. Mi querida tía, enferma de Alzheimer, deambula recordándonos una y otra vez a todos: “mi marido es muy bueno”. Es su bicicleta, su manzana y su cuchara. Yo podría hacer una larga lista de objetos pendientes de olvido, pero la he olvidado porque soy inconsistente, incapaz e insensata.
Inconsistente. Incapaz. Insensata.
Anoto en mi libretilla: Recuperar los olvidos para rematarlos como dios manda. El último me robó el corazón y el otro día mató una cucaracha de mi casa, recuerdo de mis albañiles polacos. Antes de eso tembló un rato, contorsionándose en el pasillo como si fuera san Jorge frente al dragón. Muerto el bicho, se acabó la rabia.
Pero al olvido falsamente rematado no lo mata nadie. Bicicleta, cuchara…¿pomelo?