Mi querida Big-Bang:

Con la mascarilla puesta parezco el hombre elefante. Una masa blanca e informe, sin expresión, que ríete de la del malo con capa negra y puñal de “Scary movie”. Hay cosas que una debe hacer en estricta soledad, y por este motivo he mantenido agrias discusiones con amigas que creen que la confianza en la pareja reside en depilarse las ingles en el salón mientras el otro construye la maqueta del Titanic, usar juntos al baño -tú váter, yo ducha-, sonarse la nariz en sensurround, quitarse el postre del plato o acostarse con un pijama 100% algodón, descolorido y colgón.

La caída del misterio entre dos es como la del imperio romano: inevitable, tenebrosa, fatal. Hay excepciones, claro. Mi amiga C. duerme con tapones en los oídos, antifaz y patucos de lana de la abuela, y aún así los vuelve locos. El secreto está en que lo hace desde la primera noche, y así nadie se llama a engaño. Fingir cotidianidad en el minuto uno puede ser muy sexy. Y relajado, no como el caso de M, que no soporta que su rollo del día anterior la descubra con la legaña puesta, y se levanta sigilosa de madrugada a hacerse el brushing, maquillarse y machacar sus cien abdominales de rigor. Agotador.

De mis amigas la más lista es, sin duda, L, que duerme como la realeza: cada uno en su cuarto. De ahí que su amor sea perpetuo, monárquico y …real. Lo que me lleva a pensar que la verdadera intimidad reside en levantar muros aquí y allá.

“Un alicatado a tiempo puede evitar divorcios”. “Ponga un encofrado en su vida”. “Escóndase tras el pladur”. Los reclamos pro apartheid sentimental crecen cual champiñones en mi mente enferma. Quien inventó esa aberración del loft no sabía lo que estaba haciendo. O lo mismo era abogado del tribunal de la Rota y se ha forrado. ¿Dónde están esas parejitas modernas que se empeñaron en dormir junto al fregadero? En algún desagüe rumbo al país de nunca jamás.

Hago un llamamiento a la creación de la arquitectura sentimental. Tanto mamoneo design sólo ha servido para pelearse por la silla Panton o jurar en nombre de la Bauhaus. Camas separadas y amor tórrido en el pasillo. Horarios de comidas distintos, como en los cruceros para clase media, música individual, servicio doméstico propio, nevera para uno, despensa con nombre y apellidos. Cohabitación sin roces malignos, visiones esperpénticas y calcetines debajo del somier.

Diez minutos más y mi cutis estará como el de la Pequeña Miss Sunshine. Lista para enfrentarme a mi otro yo sin sobresaltos. La esquizofrenia vital es lo que tiene, eso y la certeza de que mi baño sólo lo comparto con mi perfil chungo. El otro es el que duerme, sin pastillas ni cremas antiarrugas, en el dormitorio imperial, al otro lado del muro.