Mi querida Big Bang:

Ella llegó ayer con los ojos pintados de rojo. Había utilizado la barra de labios como sombra grotesca y parecía un clown, pero nadie se reía. Se sentó a la mesa, cogió su cerveza y estuvo todo el rato esquivándonos, con mirada perdida, como para evitar las preguntas. Mi querida E.tiene Alzheimer y anda en un mundo paralelo donde se ha vaciado del todo su saco de recuerdos. Un destello de inteligencia le lleva a contestar “normal” de cuando en cuando, para no comprometerse. A veces murmura “mi marido es muy bueno” y, cuando se incomoda, vocifera desabrida:”vámonos a casa”.

¿Has pensado en qué te quedas si te arrancan lo que fuiste? Tu primer beso a tornillo, los desvelos con los libros, la bronca de tu padre, los idiomas que aprendiste, las ciudades que te asombraron, la capacidad de relativizar, el amor… No, ya no puedo decir aquello de “somos lo que perdimos”. Porque si lo perdemos dejamos de ser. Borrarnos la memoria se me antoja el castigo más cruel imaginable, una burla fatal, una muerte chunga y perpetua.

Vuelvo a casa abatida y anoto algunas cosas que no quiero olvidar jamás: el olor a chotillo de las chukis cuando salían del cole de pequeñas, el lugar donde me rozan mis zapatos favoritos, la hora perfecta para llamar a cada una de mis amigas, el jazz bar donde me ponen el peor gin tonic y la mejor música, mis cuatro discos favoritos, mis tres peores defectos… Me sale una lista absurda porque la puedo recordar, abandono cuando el absurdo empieza a ser patológico y barrunta anotaciones del tipo: “la receta para hacer paella rica para cuatro personas, que no funciona si es para cinco”. Cosas importantes que me contienen.

Somos lo que recordamos. O lo que creemos recordar. O lo que queremos recordar. Cada cosa que vivimos la pasamos por un tamiz torticero que nos la devuelve impecable y planchada, como el estómago reduce a papilla el filetón del domingo. La digestión vital, vista así, no es tan repugnante como la otra. A veces es pesada, sí, pero entonces te chutas un antiácido y a correr. Anoto: “para vivir es preciso recordar y tener un buen botiquín a mano”.

-Mira, E., ella es tu sobrina favorita, ¿te acuerdas?

E. me mira desde su más allá de acá, sonríe vagamente, me deja por primera vez que le coja la mano. Luego se crispa un poco, y me suelta: “¿Y a mí qué me importa?”.